Delirios de la cordura

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Un Dios entre paredes.

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En este mismo instante me encuentro sentado en mi habitación. Frente al escritorio sobre el cual descansan una serie de lapices gastados, varios tubos de pegamento vacíos, una revista subida de tono,mis apuntes de facultad a medio hacer y una maqueta echa a mano de Santa Gloria, mi ciudad.
Mientras el silencio de la tarde adormece mis sentidos, oigo a mi padre roncar en el salón mientras mi madre contempla angustiada las noticias. Ultimamente no hace otra cosa que no sea ver la televisión.Al igual que el resto de los ciudadanos.
Hace no más de seis días dos edificios abandonados que llevaban exahalando sus ultimos días de vida desde hace bastante tiempo, finalmente acabaron por derrumbarse. Ambos casi al mismo tiempo a pesar de hallarse en puntos dispares de la ciudad.
El edificio correspondiente a la antigua fabrica de conservas no provocó ningun daño, pero el que en alguna epoca llegó a ser un centro comercial, produjo dieciseis muertos y catorce heridos graves. Una verdadera desgracia sin duda.


En otra ocasión, el tercer puente que unía Santa Gloria con el condado de Wargen, se precipitó hacia el mar llevandose consigo las más de cien vidas que en aquel momento circulaban por él. El mar quedó reducido a enormes guijarros húmedos y ensangrentados. Los informativos lo bautizaron como el puente al infierno.

Nadie, ni siquiera el mejor de los arquitectos pudo vaticinar aquellos desplomes tan repentinos. No se habló de otra cosa en seis días. Los más superticiosos pensaron en una especie de maldición que se estaba cebando con nuestra ciudad. Otros pensaban en crueles coincidendias y otros simplemente abandonaban la ciudad y buscaban entornos mas alegres.

No se hablo de otra cosa hasta el día de hoy. En el día de hoy la gente olvidó inmediatamente aquellas tragedias. Olvidaron todo lo sucedido cuando a media mañana, el Ayuntamiento de la ciudad se elevó lentamente por los aires como un falso ovni de pacotilla hasta perderse en el inalcanzable y majestuoso cielo otoñal.

Mi madre lanzaba numerosos suspiros de tristeza intercalados de vez en cuando con un "Dios mío" o un "santo cielo". Mi padre en cambio se empeñaba en creer que era todo un gran truco para promocionar alguna película o hecho festivo. En cualquier caso, la ciudad entera se hallaba conmocionada y la inmensa mayoría se agolpaba alrededor del vasto terreno ahora precintado por la policía. Terreno sobre el cual descansaba varias horas antes el ayuntamiento.

Siempre me resulta bastante facil imaginarme como reaccionara el gentío ante cualquier hecho inesperado. La cantinela siempre es la misma; todos y cada uno de ellos con los ojos abiertos como platos y queriendo estar en primera fila. Los que no grababan la escena con su cámara de video lo hacían con el movil. Los que no grababan se dedicaban a vociferar como miuras en celo entre infinitos ataques de risa o histeria fingida, Solo para poder decir "Yo estuve allí". Y cuando por fin crees observar a personas lo suficientemente responsables y con la entereza que precisa un acontecimiento de tal magnitud, un acontecimiento en el que un ayuntamiento despega hasta perderse en las alturas, resulta que es un director o productor de cine decidido a sacar tajada.

Desde mi ventana oigo a la muchedumbre como si una feria ambulante hubiese llegado a la ciudad. El ver un edificio de doscientos metros despegar como una nave de dibujos animados sin sufrir daño alguno sería carne de cañon para los medios de comunicación durante años.


Definitivamente el ser humano da asco. No hace falta ser un genio para darse cuenta de ello. Incluso podemos verlo escrito en muchos libros de falsa autocrítica social.

A veces, mientras uso mis inquietas manos para trabajar en la maqueta de construcción casera que tengo ante mí, me pregunto porqué soy tan conciente de la decadencia humana. Porqué me a tocado cerciorarme de lo patetico que resulta los patrones de comportamiento que poseen las personas ¿No puedo ser como mis padres, ignorantes pero felices de de ser como son? Incluso a ellos, que me dieron la vida hace diecinueve años, incluso a ellos les odio.

Me corroe el alma hablar con mi familia, me hierve la sangre entablar conversación con mis amigos. Simplemente no puedo aguantarlos.Absolutamente a nadie; sus sonrisas de pura educación pero de falso aprecio. Sus intenciónes de darte cariño cuando menos lo necesitas y ese deseo hipócrita de ayudarte en tus problemas siempre que no te atrevas a que la vida te vaya mejor que a ellos.

No hago más que ver los defectos de la gente y poco a poco me estoy volviendo loco. Gente que al ver como se desploman dos edificios abandonados, y uno de ellos matanto a dieciseis personas, se quedan como si nada. Gente que contempla un puente derrumbarse y cobrar mas de cien almas en su peaje al otro barrio y se dedican únicamente a ponerle nombre; El puente al infierno. Increíble. Simplemente increíble.

En la habitación contigua a la mía, mi hemana de tres años Annie, juega en su parque infantil. Tambien envidio con creces su lejana percepción del mundo donde habita. Con la unica preocupación de llorar cada vez que quiera comida o busque recibir mimos paternales. Sin tener que cavilar sobre los motivos por los que el puente hacia Wargen se vino abajo.

Terminé la maqueta hace más de un mes. Traté aquel hobbi como algo enfermizo. No podía explicarlo pero era como si toda mi rabia fluyera por mis manos y encontrasen su descanso en aquel minucioso proceso de dar vida a edificios y carreteras en miniatura. Cuando construía, me sentía en paz. Mi padre suele decirme que tengo alma de arquitecto profesional. Si supiera la verdad que se esconde tras mis obras...

Ahora mientras contemplo la pequeña maqueta de Santa Gloria bajo la luz de mi lampara de mesa, sonrío. Lo cierto es que la maqueta era digna de estar en un expositor. Para ser la primera vez, era un trabajo muy bueno. Era como contemplar mi hogar de la misma forma que pudiera verlo Dios desde las alturas.

Estaba ancioso por completar mi segunda obra. Esta vez mucho mas grande y detallada que la inspirada en mi ciudad. Llevaba días sin salir (unicamente iba a la universidad) para poder terminarla lo antes posible. Fueron dos semanas en las que mis padres me imprecaban una y otra vez mi falta de vida social y mi reciente conducta patológica. Yo simplemente me dedicaba a seguir con este segundo proyecto.A día de hoy ya me dejan mas a mi aire. Supongo que estaran resignados. Eso o estaran llamando a un psiquiatra para que acuda a mi casa en aquel preciso momento.

Lo cierto es que el mundo entero necesita un loquero. Una especie de Psiquiatra universal que encarrile este mundo hacia un camino menos autodestructivo y pueril.

Aparto a un lado la primera reproduccion de Santa Gloria, en la que dos pequeños cuadrados que se asemejan a dos edificios abandonados yacían estrujados accidentalmente por mis dedos hace seis días. La misma reproducción sobre la que ejercí presión suficiente como para partir en dos la pequeña lamina de madera utilizada para dar vida a uno de los tres puentes que tiene la ciudad.Concretamente el que conduce al condado de Wargen. Tambien extraje la arcilla que empleé para crear el ayuntamiento.Una pieza que arranqué de mi obra con el unico fin de confirmar ciertos hechos asombrosos que sucedían a la par que modificaba mi preciada maqueta. Me dediqué a extraer delicadamente el pequeño ayuntamiento hasta dejar un minusculo hueco entre los demas edificios de cartón. Tal vez un día decida volver a poner la arcilla moldeada en su sitio. Merecería la pena ver que cara pondrían esos Homo Sapiens allí congregados cuando su preciado Ayuntamiento descendiera de los cielos para volver a posarse en el centro de la ciudad.

Cogí con sumo cuidado la segunda maqueta. Esta vez, se trataba de una ciudad mucho mas grande y conocida por todo el mundo. Aquella obra pesaba como un muerto.

Sí, lo cierto es que aquel término era el más propicio para la ocasión. Sembrar la muerte era mi único Don.

Oigo a mi madre discutir con mi padre sobre el grado de implicación del gobierno sobre lo ocurrido con el ayuntamiento volador y a los vecinos corretando por las calles gritando y dando la bienvenida a los extraterrestres que llegaban para subcionarnos a todos.

Definitivamente el ser humano es ridículo.

Llevo mi nueva maqueta a la habitación de mi hermanita pequeña. Abro al puerta y la saludo imitanto el ladrido de un perro. Eso siempre la hace reír.

-¿Te gusta mi nuevo juguete?- Le digo cariñosamente mientras pongo a su vista toda una ciudad en miniatura. A su lado, Santa Gloria era un barrio de segunda clase. Ella intenta alargar los brazos para coger la maqueta.

- Saqué las ideas necesarias por internet. Es Nueva York ¿Te gusta? -De nuevo intentó atraparla entre sus rechonchas manos infantiles.

- La semana que viene quiero hacer París. A ver que te parece- Le dije cariñosamente- Luego podría hacer Londres. Sin ninguna duda tengo un talento inusual y hay que aprobecharlo- le hablaba entre fraternales sonrisas mientras depositaba Nueva York en su cuna. Su carita se lleno de entusiasmo.

-Voy a salir un rato a la calle. No vaya a ser que papá y mamá acaben internandome en un manicomio. Adios Annie- Me despedí imitando otro ladrido de perro. Pero la pequeña Annie estaba muy ocupada haciendo pedazos la maqueta que tenía en frente con sus rechonchas manos como para reírse de mis bromas.

miércoles, 15 de julio de 2009

En el reino de nadie

Ya sabéis, dadle a Leer más para ver el relato completo.


Durante la noche, la tierra comenzó a temblar.

Bajo la luna dantesca, ciento veintiún hombres marchaban.

Atrás dejaban un campo de batalla sembrado de cadáveres.

El negro cielo preñado de estrellas presenciaba el largo desfile de aquellos poderosos guerreros bárbaros. Aquellos guerreros regresaban victoriosos por los caminos serpenteantes que les llevarían de vuelta a la ciudad de piedra. Todos ellos ansiaban abrazar a sus mujeres, padres e hijos y proclamar a viva voz que la guerra por fin había acabado.

Pero los pensamientos distaban mucho de hacerse realidad aun. Pues muchos kilómetros habían recorrido y muchos kilómetros les separaban del calor del hogar. En aquel instante la preocupación principal era resistir frente al afilado frío nocturno que calaba hasta el último centímetro de sus huesos. De modo que continuaron la marcha a través del extenso bosque.

Ciento veintiuna botas aplastando hierbas, restos de tronco y guijarros. Como una marea humana avanzaban. Alzando con orgullo las espadas mientras entonaban el himno popular de la ciudad bárbara.
En no pocas ocasiones, emplearon los escudos para cubrir sus barbudos rostros de la molesta lluvia invernal. Aunque pronto el terreno quedó enfangado. Lo que dificultó sobremanera la marcha del ejército.

Ganmer, el rey de la ciudad de piedra, hizo el alto cuando llegaron a un claro bastante apacible que les protegería de las inclemencias del tiempo hasta que amaneciera. Los bárbaros montaron sus refugios para dormir y acto seguido dejaron sus armas y se congregaron en torno a su rey.

El rey Ganmer alcanzaba los dos metros quince y su robusta cara lucía una de las barbas más prominentes de la tribu. Su voz sonó tan rotunda como de costumbre al dirigirse a sus camaradas:
- Cuando el Sol haya nacido, recogeremos todo el campamento y partiremos ¡No podemos seguir con esta lluvia!

- ¡Además con esta oscuridad es prácticamente imposible seguir sin caer por algún precipicio!- le interrumpió Temp. El consejero de Ganmer. Así como también era su mejor amigo. De otro modo, el orgulloso rey no habría permitido tal interrupción.

- No temáis hermanos míos- continuó Ganmer.- Los dioses están de nuestra parte. Ya que hemos liberado esta tierra del dominio oscuro de los Tangutem, es voluntad divina el regresar a casa con éxito.

-¡Nuestro Rey a hablado y sus palabras no son falsas!- Gritó Temp a los allí reunidos. Lo que llevo a entonar el ya conocido grito de guerra bárbaro.

Aquel grito fue lo último que oyeron en la gran ciudad del rey Tangutem. Un tirano que gobernaba la ciudad guerrera que llevaba su nombre.
Durante más de dos décadas, ambas tribus situadas a cada extremo del reino, habían estado combatiendo por las posesiones del ganado salvaje, por el mandato de las rutas comerciales y sobre todo, por la supremacía del clan. Pero las interminables disputas terrenales estaban mermando cada vez más la población de ambos reinos. Y pronto comenzaron a escasear los animales para la caza y los árboles para la fabricación de flechas y arietes. De modo que el rey Ganmer tuvo que optar tras veinte largos años de conflictos, por un ataque abierto y suicida contra la ciudad de Tangutem. Fueron doscientos veinte hombres los que partieron y otros doscientos los que se quedaron a la custodia de la gran ciudad de piedra.

Nadie en toda la ciudad contaba con una victoria ante tal difícil empresa ¡Qué grata sorpresa se llevarían todos cuando más de la mitad de aquellos hombres vencedores apareciesen en el horizonte.

Se hizo el silencio en el claro.
Tan solo las notas suaves de la flauta de Angaroth poblaban el viento.
El joven y ágil Angaroth demostró con creces su valía en el combate. Sobre todo gracias a su destreza con el arco. Pero era su talento innato para la música lo que regocijaba los corazones de los que allí se encontraban. Por lo que antes de cada combate e incluso durante una larga marcha, el consejero Temp y los demás le pedían cariñosamente que tocara alguna melodía para aligerar el cansancio. Al rey Ganmer eso le encantaba.

Todos dormían.

Todos excepto el rey. Pues horribles visiones acudían a él cada vez que cerraba sus parpados. Aquello le sucedía desde hace más dos años. Es decir, desde que partieran para la guerra hasta ahora en su regreso a casa. Al principio se dijo que se debía al ansia del combate y a la incertidumbre frente al futuro de su reino. Pero la guerra acabó y las pesadillas no cesaron.
Acudió al curandero de la tribu pero éste no pudo llegar a una conclusión clara de aquellas delirantes visiones. Y puesto que en el fragor de la batalla aquel curandero murió, ahora no contaba con nadie que pudiese solucionar su problema.
En aquellos delirios, Ganmer se encontraba solo en una estancia aislada de todo sonido exterior. El suelo, así como el techo y sus paredes, eran tan blancos como las cotas de malla que fabricaban en el reino. Ni siquiera podía mover los brazos. Ya que éstos se encontraban completamente inmovilizados a los costados por culpa de una extraña mortaja blanca que vestía su cuerpo. Contra más se esforzaba, mas inútil veía el poder zafarse de aquel extraño ropaje blanco. Y por si fuera poco, la sala se hallaba cerrada a cal y canto por una puerta de cristal que daba a un pasillo. Un pasillo por el que desfilaban extraños personajes enfundados en largas túnicas del mismo blanco enfermizo. De vez en cuando, uno de los hombrecillos de afuera se detenía a observar desde el otro lado del cristal, anotaba algo en lo que a Ganmer se le antojaba como un derivado del pergamino, y se marchaba.

Luego todo se distorsionaba y las visiones cesaban.
Así era una y otra vez.

Llegó a contárselo a su amigo Temp, pero éste se mostraba tan dubitativo como el ya fallecido curandero. A pesar de ser el consejero real.

También le contó lo ocurrido al joven Angaroth. A lo que este le contestó:

-No dejes que las pesadillas te impidan disfrutar de la victoria que has conseguido para la gran ciudad de piedra.- Mientras hablaba, pulía su flauta con una navaja de carpintero.- Cuando llegues al hogar y abraces a tu mujer e hijos, notaras como tu mente se libera de tan desagradable carga.

-Supongo que estas en lo cierto- Dijo para sí mismo Ganmer-. Esta guerra ha sido cruel para todos- Dicho esto el Rey se alejó y se tumbó en un pequeño árbol caído y se dispuso a dormir. Preparado para combatir de nuevo contra aquellos terribles sueños.

Mientras se aletargaba, recordó que en el largo linaje de los reyes bárbaros, siempre habían existido hombres con ciertas artes premonitorias. Así que no descartó tal posibilidad como la causa principal de sus pesadillas y se lamentó profundamente el haber heredado tan repugnante talento de sus ancestros.

Fueron los tintineos nocturnos de unas campanas lo que alertó a todo el campamento.
En pocos segundos, todos y cada uno de los somnolientos guerreros encendieron las antorchas y el claro se lleno de la luz anaranjada y oscilante del fuego.
Aquel débil sonido de campanas llegaba desde el fondo de la espesa arboleda y con el rey Ganmer encabezando la formación, se encaminaron en busca de algún posible peligro.

-Tal vez no debimos desviarnos del camino. El haber atajado no ha hecho más que meternos en zonas desconocidas- Le imprecaba Temp a su rey mientras agitaba la antorcha.

-En su momento todos estuvimos de acuerdo en coger este desvío. Puede que estemos desorientados pero al amanecer seguiremos el rastro de nuestro Sol-. Le contestó Ganmer con cierto tono de enfado.

-¡Santo Dios divino, mirad allí!- Gritó uno de los bárbaros exploradores señalando al fondo del follaje.

Todos y cada uno de ellos se quedaron mudos al contemplar un largo desfile de guerreros montados a caballo. Uno detrás de otro trotaban muy lentamente y el que iba en cabeza hacía sonar dos pequeñas campanas atadas a su muñeca. Todos andaban cabizbajos y al son de las campanillas.
Pero lo que hizo que unos hombres tan poderosos palidecieran de terror fue
El hecho de que aquel grupo era la hueste del Rey Tangutem.

El ejército aniquilado hace ya dos semanas, ahora desfilaba frente a ellos. Pero sus rostros, así como sus cuerpos, dejaban ver el paisaje a través de ellos. Tan solo un inmaculado color blanquecino daba consistencia a las figuras que ante ellos desfilaban. Y donde antes hubo ojos, nariz y boca, ahora solo había oquedades profundas y vacías. Todos ellos seguían vistiendo la armadura de batalla. A pesar de la escasa piel que le quedaban, aun eran bastante reconocibles. Y el orgulloso Ganmer nunca olvida tan fácilmente a quienes quita la vida con su espada.

-¡Detened vuestra marcha guerreros de Tangutem!- Gritó de repente Ganmer.- ¿Qué lugar es este?-Preguntó al ver que el desánimo y el miedo hacía mella en sus tropas.
Pero el impasible Rey Tangutem continuaba agitando su muñeca y haciendo sonar las campanas. El ejercito fantasma se hallaba completamente aislado de todo cuanto les rodeaba y no cesaba en su peregrinaje hacia nadie sabe donde.

- Tal vez es mejor que no le molestemos- susurró Angaroth a sus compañeros- No creo que sea fruto de nuestra imaginación. Es… es este lugar. Es mejor no perturbar el descanso de las almas errantes.

-¡Entonces volvamos a casa lo mas pronto posible!- exclamó Ganmer con bravía. A lo que todos asintieron enérgicamente.

Con la inquietud atenazando los corazones del ejército bárbaro, el ambiente de alegría victoriosa se empobreció. Únicamente las notas musicales de la flauta de Angaroth rompía un poco el silencio ensordecedor. Ahora aquella marcha fantasmal se perdía en la oscuridad al tiempo que el sonido de las campanillas se hacía más débil conforme los Tangutem se alejaban.
Nadie se atrevió a volver la vista atrás para volver a ver aquellos espectros ambulantes.

Con la única luz de las antorchas para alumbrarles el camino, continuaron abriéndose paso a través de aquel laberinto frondoso y asfixiante.
Lo que antes era una sensación de alegría desenfrenada por haber ganado una guerra, ahora tan solo imperaba el deseo de regresar a la ciudad de piedra antes de acabar sucumbiendo a las fuerzas sobrenaturales.

Un fogonazo de luz eléctrica “reventó” literalmente a tres de los guerreros que se encontraban al final de la marcha y las plantas se tiñeron de rojo.
El consejero Temp cayó al suelo bruscamente y varios de los sorprendidos alzaron sus arcos por instinto y descargaron una ráfaga de flechas en dirección a la luz. Pero tan solo Angaroth dio en el blanco.

-¡Alto, parad!- les ordenó el rey Ganmer. Ahora los vacilantes bárbaros rodeaban a la figura que yacía en el suelo. Exactamente en el lugar donde se produjo la explosión. - ¡No perdáis la compostura y manteneos firmes!- Les ordenaba el orgulloso rey.

Un hombre de baja estatura (al menos en comparación con ellos) se levantó bruscamente y sujetaba un artefacto de metal entre sus brazos. Iba vestido con un extraño uniforme de camuflaje verde con manchas negras y un casco circular que cubría su cabeza. Su pierna sangraba debido a la flecha lanzada por Angaroth. Comenzó a hablar en un lenguaje que no entendían:

- ¿Dónde estoy?- El hombre parecía al borde de un ataque de nervios- ¿Sois nazis? Puede que esté muerto y esto sea el cielo ¡Pero está claro que esto no es la playa de Normandía! Fue ese extraño… resplandor de luz que me tragó… y ahora estoy aquí…

Temp se aproximó a su rey y le susurró al oído:
-Habla una lengua extraña. Y además parece al borde del pánico ¿Qué podemos hacer?

- No sirve de nada que le preguntemos quien es y como ha llegado aquí. Ya que parece más desorientado que nosotros- reflexionaba Ganmer.

-¡Ignorémosle pues!- añadió otro de los bárbaros.- ¡Sigamos adelante mi rey!

Pero aquel extraño personaje reaccionó por puro instinto y de su extraño artefacto metálico comenzó a disparar una ráfaga de pequeñas piezas punzantes a una velocidad de vértigo. En pocos segundos, uno, dos, y hasta seis poderosos guerreros fueron acribillados y ahora yacían muertos en el suelo. Los hombres de Ganmer buscaron refugio tras los árboles para evitar aquella lluvia mortal.
Otro Bárbaro cayó muerto con un agujero chorreante emergiendo de su frente en pocos segundos.
La espada de un valeroso y joven guerrero ensartó el pecho de aquel hombre por detrás y puso fin a tan inesperado infierno. Un último gorgoteo nació de la garganta de aquel ser y se desplomó sorprendido al suelo. No sin antes murmurar algo parecido a “Por… los… Estados…unid…” para luego enmudecer.

-¿Qué clase de brujería empleaba este hombre?- se agitaba Temp con nerviosismo y procurando no acercarse al cadáver.
-¡No podemos seguir aquí, de ningún modo!- añadió Angaroth - ¡Así no llegaremos vivos a casa!

Tras enterrar a sus compañeros caídos y dejar el cuerpo de aquel extraño brujo a merced de los cuervos, reanudaron la marcha.
La voluntad del rey Ganmer se hallaba en un punto especialmente frágil. Debido a que ahora, además de soportar las crueles visiones que llegaban a él cada vez que dormía, en los que una mortaja blanca aprisionaba su cuerpo en una extraña habitación, ahora también tenía que soportar aquellos acontecimientos tan absurdos que les impedía llevar a cabo el tan ansiado regreso al hogar.

Con el paso de las horas varias antorchas llegaron a consumirse. Mermando así el campo de visión del ahora reducido ejército bárbaro.
Ganmer y los demás se pararon en seco.
Una inmensa muralla se extendía desde un extremo a otro en medio del bosque. Además de contar con una altura de cien metros como mínimo, no parecía haber forma de franquearla por los lados. Era como contemplar la barrera que marcaba el fin del mundo.

-¿Qué dios impío se burla de nosotros?- Gritó el frustrado Rey a los altos vientos -¿Porqué nos privan de nuestra gloria?
- ¡Si no podemos salvar este obstáculo, lo destruiremos con el poder de nuestras armas! – Gritó uno de los bárbaros más viejos mientras se acercaba al inmenso muro con el hacha en mano.
-¡Espera, golpeemos todos al unísono!- ordenó el rey Ganmer.

Pero ya era tarde y el anciano guerrero descargó un mandoble en pleno centro del muro. Pero para desánimo de los allí presentes, no ocurrió nada. Ni tan siquiera una ligera muesca en los cimientos.

En realidad sí que ocurrió algo.

Uno de los Bárbaros se llevo la mano al pecho entre extrañas convulsiones y acto seguido se desplomó en el suelo. Inerte.
Cuando el consejero Temp y sus camaradas confirmaron que estaba muerto, el miedo reino entre ellos con más fuerza que nunca y el anciano bárbaro que había golpeado el muro, ahora estaba petrificado de puro pavor.

-¡Es éste lugar, sin duda!- Exclamaba Temp- ¡Destruyamos el muro y rápido!- ordenó a sus compañeros y dos de ellos ya golpeaban sin piedad la muralla.

Otros dos desafortunados hombres situados en la última fila cayeron fulminados al suelo. Con las manos agarradas al pecho.

-¡Un esfuerzo más!- Gritaba ahora Angaroth mientras el grupo de demolición aumentaba en nueve hombres.

Pero fueron otros nueve Bárbaros los que murieron entre convulsiones mortales. Prácticamente al unísono.

El rey Ganmer descubrió la causa de aquellas muertes y mandó detenerse al grupo.

-¿Qué ocurre?- Le preguntó un apurado Temp.
-¡Dejad de golpead ese muro!- Ahora el Rey estaba realmente aterrado. - Puede que sea obra del mismo diablo, pero cada vez que intentamos destruirlo…

-¡Bobadas!- Gritó un impertinente bárbaro cuado golpeó de nuevo aquellos cimientos.
Esta vez fue el consejero Temp quien se llevó las manos al pecho.

-¡Noooo tu no, Temp por favor nooo!- Gritaba un horrorizado rey mientras abrazaba a su ya fallecido amigo entre sus fuertes brazos. Ahora Temp abandonaba el mundo reflejando la pura incredulidad y sorpresa en su pétreo rostro.

-¡Estupido bastardo!- le gritaba un descontrolado Ganmer al causante de aquello. En pocos segundos, la cabeza de aquel soldado rodó por la fría hierba y nadie de los allí presentes se atrevió a desafiar la ira de su Rey.

Y pensar que estuvo a punto de ordenar que golpeasen todos la muralla al unísono… eso podría haber provocado la aniquilación instantánea de todos sus hombres. ¿Cómo lograrían escapar de aquella barrera segadora de vidas?

La respuesta llegó gracias a la flauta de Angoroth.

Todos miraban perplejos como los ladrillos se desvanecían con cada nota musical que tocaba el bárbaro. ¿Es posible que la calidez y dulzura de su música derrotara aquel poder oscuro?
Ganmer se rehizo de su pena y ordenó la marcha através de la entrada recién abierta. No sin antes abrazar a su amigo Angaroth por poseer aquel talento tan divino.

Tras tortuosas horas de andar bajo el embrujo de la luna y criaturas acechantes tras el follaje, por fin avistaron la gran ciudad de piedra.

De los ciento veintiún hombres ahora restaban noventa y ocho. Pero el canto de alegría que lanzaron al cielo nocturno fue el equivalente al entonado por mil hombres a caballo.

Por fin lo habían conseguido. Las poderosas garras del infierno se rindieron ante la voluntad de tan valerosos guerreros. Para el Rey Ganmer, el contemplar su reino en la lejanía, fue el momento más feliz de su vida.

Pero aquel momento no duró mucho.

El mismo rayo de luz cegador que atrajo consigo al brujo portador de aquella arma tan extraña, ahora se acercaba a ellos. Todos los bárbaros se quedaron paralizados sin poder creer que morirían estando tan cerca del final.
Con el amor de la familia y el calor de la chimenea hogareña tan cerca de ellos, el rey Ganmer tomó una decisión.

Era su pueblo, su reino, su gente…

Daría la vida por ellos.

-¡Marchaos rápido!- les gritaba Ganmer a sus hombres. Estos se miraron sin saber que decir- ¡He dicho que os marchéis, es una orden!- La bola eléctrica se acercaba más y más mientras hablaba- Decidme ¿Queréis que la muerte de nuestros compañeros haya sido en vano? ¡Entonces regresad rápido a la ciudad ¡Yo buscaré la forma de entretener a esa masa de luz informe y demoníaca!

Los afligidos bárbaros corrieron sin descanso hacía la ciudad de piedra que se alzaba imponente varios kilómetros más adelante. Sin volver la vista atrás.

Una sonrisa se dibujó en los labios del rey Ganmer al saber que sus hombres llegarían a salvo para proclamar por fin la gran victoria conseguida en la ciudad de Tangutem. Empuñó con fuerza la espada y se lanzó directamente hacia aquella cosa echa de luz.
Ganmer pudo retener aquella masa eléctrica gracias a sus mandobles. Lo suficiente para que sus guerreros escaparan.

Luego la figura del Rey se desintegró en medio de aquel torrente luminoso.

Pasaron los años, y una estatua esculpida en plata fue levantada en honor al valeroso Ganmer que dio la vida por todos sus hombres.
Angaroth, así como todos los que regresaron con vida de aquella odisea, se hicieron celebres entre la gente del pueblo por las historias que narraban de aquellos extraños fenómenos. Fue la primera vez que perduró más en el recuerdo de las personas el regreso de una guerra que la propia guerra en sí. Y la gran ciudad de piedra alcanzó su plenitud gracias a la valentía de su élite guerrera y a los numerosos cuentos populares que brotaron de ella.

Pero lo que nadie sabía era que tanto Angaroth como los noventisiete supervivientes restantes, sufrían frecuentes pesadillas de aquellos días en los que cruzaron aquel misterioso reino de nadie.


Mientras tanto, en algún lugar, Ganmer lloraba.

Lloraba por encontrarse encerrado en la misma sala que vió en sus visiones. Visiones ahora hechas realidad.

Tras el destello que lo engulló en el bosque, Ganmer recordaba haber aparecido en un mundo poblado de vehículos metálicos desprovistos de caballos y grandes torreones rectangulares que rascaban el cielo.

Ahora un rey lloraba por los hombres que husmeaban tras esa puerta de cristal y anotaban algo en un derivado del pergamino que ellos llamaban informe.
Aquellos seres de ropa blanca hablaban continuamente de él y Ganmer para su asombro, comprendía su idioma. Decían que varios “policías” habían muerto intentando reducirle cuando apareció desnudo en mitad de la calle provocando serios altercados en el tráfico.

Ganmer lloraba por que finalmente, la mortaja blanca que tanto había temido, ahora cubría su cuerpo. Impidiéndole mover sus brazos. Ambos atados a los costados.
Cada día, le administraban dosis de alguna pócima que le provocaba somnolencia y mermaba sus fuerzas. Aquellas dosis estaban contenidas en unas especies de agujas con la que aquellos seres le aguijoneaban los brazos y bautizaban con el nombre de “Dante”. O tal vez fuera “Sedante”.

En aquel edificio llamado “Sikítrico” o algo parecido a “Piquiatrico”, el gran rey Ganmer lloraba.

sábado, 30 de mayo de 2009

Aunque no me oigas

Esto lo tengo escrito desde hace mucho tiempo, creo recordar que lo puse en mi blog, pero prefiero ponerlo akí y contribuir al blog, que hace demasiado que no pongo nada... XDDD Además me gustaría tb poder contrubuir al libro con algo, me haría ilusión ver las letras que salieron un día de mi cabeza escritas junto a las de mis amigos... pero vamos, eso queda a criterio vuestro... Espero que os guste^^

(Ella)
Esta noche, mientras intentaba dormir, juro que sentí tu cálida mano deslizarse suavemente por mi espalda: un escalofrío recorrió mi cuerpo a la vez que el corazón me daba un vuelco y yo me daba la vuelta en la cama para verte, pero no vi nada … sólo la oscuridad de nuestra habitación me rodeaba, mientras las cortinas agitadas por el viento se burlaban de mí susurrando cosas ininteligibles. Recuerdo que esa noche mi única amiga fue la almohada, que secó todas mis lágrimas y tu camisa a la que me abracé como lo hacía contigo … lloré, no podía abrazarte, rozar tu cuerpo, ni lo podría hacer nunca más … A veces al girar en el pasillo me daba la sensación de que te iba a ver allí, con tu guitarra eléctrica, sentado en el borde de la cama deshecha, con el pelo alborotado en la cara y tu púa en la boca intentando afinar esa cuerda ”rebelde” que habías comprado nueva hacía sólo tres días … Al pensar eso mi alma bailaba de felicidad durante unos segundos, pero al ver la cama hecha y vacía, la guitarra muda, la púa en el suelo, la cuerda desafinada … el peso de la realidad caía sobre mí sin perdonarme ni un momento ni dejarme dudar: ya no estabas allí metiéndote conmigo ni riñéndome porque te cogía tus camisas, a pesar de lo grandes que eran … eran … no me acostumbro a decir que tú “eras”… para mí “eres” y siempre lo serás … eres mi amigo, mi novio, mi amante, mi esposo …
No consigo entender por qué Dios ha querido llevarte, en vez de dejarte entre los vivos … ¿¿Por qué?? ¡¡Dios!! ¿¿Por qué?? Quiero poder hablarte … decirte tantas cosas … aunque lo único que quiero que sepas es que te quiero, mi vida. Te echo de menos.




(Él)
Esta noche vi que no podías dormir … no hacías más que llorar aferrándote a mi camisa favorita … tus lágrimas caían por esa bella carita tuya que tantas veces acaricié y quise volver a sentirte … a sentir tu piel … Sí, era yo, esa caricia que notaste fue mía, pero ahora mis manos no sienten. Ni mis manos, ni mi cuerpo … ninguna sensación de frío o calor, hambre o sed … sólo me duele una parte de mí: mi alma que se me desgarra cada vez que te veo llorar.
Pero no llores, mi vida, mi niña … estoy a tu lado, aunque no me veas … aunque no me oigas … no, supongo que eso no es suficiente …
¡¡Joder!! Quiero chillar tu nombre y que me oigas, pero por mucho que lo haga, por mucho que te grite no lo oirás … pero yo sí te oigo … te oigo llorar, gritar mi nombre y maldecir a Dios por haberme llevado …
Niña mía … quisiera decirte que estoy bien … poder decirte que algún día nos volveremos a ver y que podré acariciarte de nuevo y besar tus rojos labios … pero ya no puedo … Mientras, sólo te queda vivir, aprovechar algo que yo ya no tengo.
Ahora estás frente a mi guitarra y tus ojos vuelven a llenarse de lágrimas … ¡¡Mi amor, no!! ¡No llores! ¡Joder, no quiero verte así … ! ¡¡DIOS, ÓYEME!! ¿Por qué no me puede oír? ¿¿Por qué?? Pero ¿no la ves? ¡¡Está llorando por mí, y permites que sufra de esa forma!!
Ya sé que me quieres, no hace falta que digas nada, ojala pudiera contestarte al oído, como siempre, para decirte que yo también … yo también te quiero, mi vida … te quiero …

jueves, 21 de mayo de 2009

Jornada Hospitalaria.

Bueno como siempre os digo, clickear antes en "Leer más" para que salgan los parrafos omitidos.


-Espera, aún es pronto. No te muevas Rick.

Francis reducía el ritmo de su ambulancia mientras hablaba. Ahora el vehículo se adentraba en el interior del Hospital y el agudo retumbar de la sirena bañaba el tunel de Urgencias.
En el asiento del copiloto, otro enfermero, John, yacía muerto al lado de Francis. Llevaba el cinturón de seguridad puesto y la cabeza echada hacia atras para guardar las apariencias.

-Tienes suerte de que haya poco personal aqui abajo Rick. Iremos a los ascensores y ellos nos llevaran hasta el sótano B2. Espero que no coincidamos con algun Médico entrometido.

El personal sanitario facilitó el paso al sonoro vehículo y una vez que éste se detuvo, un par de auxilares se ofrecieron para ayudar a Francis en la descarga del cadáver. Si aquella pareja ignorante se acercaba lo suficiente, podrían atisbar por la ventanilla delantera de la ambulancia el cuerpo sin vida de John. Y eso era algo que ni Francis ni Rick podrían permitirse.

-¡No es necesario que me ayudeis, gracias pero yo mismo puedo transportar el cuerpo hasta la sala de autopsias! - Les gritó amablemente Francis. El cuerpo de John comenzó a emanar olor a descomposición orgánica pero los auxiliares no se percataron de ello.

-¿Qué ha ocurrido?- preguntó uno de los jóvenes.

-Un accidente de tráfico. Pero tranquilos. John y yo nos ocuparemos del resto. Traemos tan solo una víctima.

Dicho esto y una vez se hubiera alejado la pareja de inocentes trabajadores, Francis descargó la camilla en la cual descansaba el cadaver embutido en una asfixiante bolsa negra.

Descendieron al sótano sin problemas gracias a la tarjeta de identificación de Francis y llegaron a la sala de autopsias.
La camilla con el cuerpo amortajado fue dispuesta junto con los demas cuerpos de la estancia mortuoria.

- Ahí te quedas amigo mío - Dijo Francis dirigiendose a la bolsa.- Yo tengo que llevar mi Ambulancia a dios sabe donde y deshacerme de John antes de que lo descubran. Al menos podrías haberlo matado de una forma mas limpia... ¡Joder lo has dejado como si fuera un leproso ensangrentado!

Francis se marchó y dejó a su compañero solo...
Rick Morrison estaba dentro del Hospital.

Los recuerdos acudían a él como una tromba de agua helada.

En ellos, Elisabeth le sonreía.
Aunque hace tiempo que en su corazón se había apagado la vitalidad, ella siempre buscaba la razón para sonreir. A pesar de estar tan enferma...

¡Cuanto la había amado!
¡Cuanto había sufrido Rick en los ultimos dos años!
Un Cáncer de colon... ¡Un puto Cáncer de colon!
Fueron miles de noches empapando almohadas con pesadillas nocturnas de añoranzas inconsolables.

Al desprenderse de la mortaja negra que le envolvía, Rick llevaba puesto el colgante que ella le regaló hace ya una década. Ahora mira su foto con una sonrisa vacía. Una sonrísa desprovista de aquella alegría que solo Elisabeth era capaz de insuflar.

Permaneció tumbado en la camilla con su cuerpo desnudo mostrando una falsa palidez y sus ojos envueltos en profundos surcos morados. Todo ello conseguido gracias al maquillaje que Francis robó a su mujer.

Por fín entró uno de ellos.
El Doctor Elois Alomar se dispuso a comenzar otra larga y aburrida jornada de trabajo rodeado de cuerpos inertes dispuestos para un último exámen médico.
Lo que el Doctor Elois Alomar desconocía era la venganza y la íra que consumía lentamente a uno de los cuerpos allí presentes...

Rick Morrison se levantó con una velocidad endiablada y empujó al Doctor contra la pared. Su mano derecha sujetaba ahora el escalpelo que Elois usaba diariamente para seccionar los cuerpos.
-Cuanto tiempo Doctor- susurró Rick con voz socarrona.

El rostro de Elois era el puro terror producido al ver un cadáver viviente alzarse ante él. Su boca, que parecía querer morderle, mostraba unos labios morados y agrietados. Su rostro, apenas a dos centímetros del suyo, era pálido como el nacar y de no ser por el vivaz marrón de sus ojos, habría sucumbido al razonamiento de encontrarse frente a un muerto herrante.
-¿Rick? ...El... Famoso... Rick Morrison...¿Cómo has conseguido entrar?-
-¿Se ha preguntado alguna vez lo que deben sentir esos cuerpos ahí tumbados cuando son rajados por esto? - Continuaba hablándole Rick mientras le mostraba el escalpelo a escasos palmos de su cuello. - ¡Cree usted en la vida despues de la muerte Doctor, o tal vez cree en las almas de los fallecidos que padecen la putrefacción de sus propios cuerpos cuando son abandonados en vida?- El escalpelo comenzó a rasgar el cuello con un sonido sordo.
-Rick...argggñfmm...Rick Morrison... arfñfmmm...detente...arrfggggg.... por favor...aarggg...- La voz de Elois Alomar sonaba como la de alguien haciendo gárgaras con ácido sulfúrico. -
-Guardias....argññgggg...Seguridad.... Rick está.... arggññggg.... Rick está aquí....arggñggg...Ha entrado...arggññ- Sus ojos vizqueaban al ritmo con el que Rick iba cortando todas las venas y arterías que osaban interrumpir el paso del escalpelo.
-Vamos Doctor...Grite, grite a ver si pueden oírle- El rostro de Rick seguía empapándose de aquella lluvía camesí y mientras hablaba, su boca salpicaba la propia sangre del doctor.

Un sonoro crujido marcó el fin de Elois Alomar y su cuerpo se desplomó mientras que su cabeza rodó hacía el extremo mas opuesto de la sala, barnizando el suelo con un color mas chillón que el blanco habitual de los hospitales.
Cogió uno de los pijamas que suelen ofrecerse a los pacientes y salió de la sala.
Una pobre enfermera dejó caer una bandeja de instrumentos quirúrjicos al ver salir por la puerta a un hombre calvo y tan blanco como la nieve. Ademas estaba lleno de un sospechoso color rojo. La mujer echó a correr y a Rick pareció no importarle. Ya que para cuando se dispusiera a informar a seguridad, él ya se habría marchado del edificio.
Las personas que compartieron con él su pequeño viaje en ascensor hacia la quinta planta, fueron algo mas discretas. Lanzando miradas de reojo y algun que otro murmullo incómodo. Rick dedujo que alguno de ellos no tardaría en informar de su presencia nada mas bajar del ascensor.

Bajo el pijama, Rick sujetaba el colgante de su amada Elisabeth.
En la quinta planta y con paso ligero se encaminó hacía la sala de nutrición. Que se hallaba apenas a tres pasos de la puerta recien abierta del ascensor.
Varias personas percibieron su extraña presencia y vieron como entraba en la sala.
Un empleado de seguridad se dirigió a él al ver su evidente palidez y sus manchas de sangre.
Cuando Rick entró en la estancia, tan solo un persona se hallaba en ella ( el haber trabajado quince años limpiando aquel hospital le permitía conocer al dedillo todos y cada uno de los turnos desempeñados por sus empleados) y dio un ligero respingo al verle allí plantado.
- ¿Qué comida tienes preparada para hoy Foleman?- Le sonreía Rick mientras alzaba sus manos para cubrir la nariz y la boca del cocinero.

Le encantaba Foleman. Sobre todo por esa lustrosa cabellera negra. Siempre la había envidiado. Nunca hubiese adivinado que en un futuro le iva a ser de tanta utilidad.

Pasaron tres minutos y Foleman ya no se movía. El aire no salía de sus pulmones.
El guarda entró por la puerta y contempló el rostro impasible de Rick tirando del pelo de Foleman.
-¿Qué caraj...?- Su papel en la función fue breve. Puesto que el escalpelo lanzado desde el otro extremo de la sala de nutrición se clavó en su traquea con la precisión de una lanza africana.

El tiempo jugaba en su contra. Se estaba cerrando un cerco a su alrededor y necesitaba llegar a la consulta del Doctor Burton sin que le reconocieran.

Con el cuchillo que Foleman usaba para la carne, Rick serró en varias acometidas todo el cuero cabelludo del cocinero.
Esta vez no hubo molestas salpicadura de sangre. Pero si fué mas costoso que rajar arterias y piel sudada de un cuello tan rollizo como el de Elois Alomar. Tras varios sonidos similares al de la leña crepitando sobre el fuego, Rick extrajo la melena de Foleman y la puso sobre su cabeza afeitada. Varios hilos de sangre caían sobre su calva. Del mismo modo se quitó el pijama para enfundarse con la ropa del cocinero. Cogió el cuchillo de carnicero y lo guardó en la caja que utilizaba Foleman para repartir la comida tanto a pacientes como al personal sanitario.

Le pareció ver a Elisabeth en su mente. Empujando el carrito con las cajas de comida, pasó inadvertido ante las personas que aguardaban ensimismadas su turno frente a la consulta.

Rick bajo la apariencia de Foleman, tubo que reprimir una sonora carcajada al notar la eficacia de su disfraz. Entró en la consulta del Doctor Burton. Fué el sonoro estruendo de la puerta al cerrarse lo que sacó al Doctor de su alienación con el ordenador.
- Hola Doctor Henry Burton - Saludó Rick quitándose la molesta peluca y mostrando su rostro pálido y ribeteado de sangre.
- Hay que tener cara para entrar aquí despues del juicio- Dijo Henry con fingida tranquilidad.
- Me mueve una fuerza mayor Doctor - Mientras hablaba, Rick sacó el cuchillo de la bandeja.
- ¿Recuerdas lo que implica una orden de alejamiento de este hospital verdad? - Burton comenzó a sudar - Me agrediste a mí y varias de mis enfermeras. Da gracias por perder solo tu empleo de limpia letrinas y no acaba entre rejas.
- En aquel tribunal tan solo predominaba la burocracia barata de un Juez corrupto en lugar de la justicia - Rick se acercó lentamente al tembloroso médico.
- Una orden de alejamiento es una orden de aleja...- Rick presionó el rostro del doctor contra la mesa sin dejale acabar la frase.
- ¡Putos engendros enfundados con vuestras batas blancas, os da igual que mueran las personas a quienes tratais siempre que cobreis vuestro salario fijo al final de cada mes! - Los ojos de Rick Morrison relampagueaban de furia mientras alzaba el cuchillo - ¡Fué usted, maldito hijo de puta! ¡Usted pasó por alto la enfermedad que me arrebató a Elisabeth!
- ¡Eso no es cierto! Las resonancias no pudieron detectar...
- ¡Cállese! - Rick acercó sus labios a los oídos del Doctor. - Metase las resonancias por donde le quepa... Ese puto Elois Alomar ya no va a "resonar" a nadie mas en su apestosa vida.
- ¿Qué quieres decir, por el amor de dios? - Las respiraciones de Burton pasaron a ser rapidos jadeos- ¡No, no por el amor de Dios!
- Aquí no hay amor ni tampoco hay Dios.

Cuando Rick Morrison amordazó la boca de Henry Burton con el cuero cabelludo de Foleman, lo que el doctor experimentó fue el acero del cuchillo atravesando su columna vertebral en un estallido de dolor inconcebible. Aquella arma blanca comenzó a girar sobre su eje provocando el desplazamiento de las visceras tras los pulmones. Para el Doctor, lo mas preciado en aquel momento era hacer que el aire saliera de su boca. Tras varios minutos de insufrible dolor y gritos ahogados, varios centenares de pelos pertenecientes a un cocinero muerto pugnaban por agarrarse a las paredes de su garganta. Provocandole agónicas arcadas. Henry lloraba de agonía al tiempo que su craneo sufrió el ensartamiento del cuchillo. Lentamente, con pausa, solo así sería consciente del dolor verdadero.

Cinco celadores, tres enfermeras y dos pacientes entraron apresuradamente en la consulta. Lo que vieron allí fue el cadáver del médico empalado en su propio escritorio junto al ordenador como una aceituna ensartada en un palillo de dientes. Tambien encontraron tirado en el suelo a un pobre cocinero de larga melena estrangulado con un alambre. La policía no tardó en llegar y dar informe al forense. Asi como varias cadenas televisivas se hicieron eco de lo sucedido varias horas despues y se agolparon en la entrada del Hospital. Fueron varias horas de tensión en las cuales cundió el panico general.

Para entonces los dos cuerpos ya había sido transportados al sótano B2 para su posterior autopsia. Fueron llevados por un desafortunado celador que vió como uno de los dos fallecidos se levantaba de la camilla y se dirigía a él con el alambre aun en su cuello.
- Perdoname chico, solo eres culpable de ver lo que no debes - le dijo Rick con tono paternal antes de romperle el cuello con sus manos desnudas.
Aquel joven murió con el rostro de la mas tierna incredulidad. Asegurandóse de que no había nadie y con la cara recien lavada y aseada, se enfundó con el pijama del celador y esperó a que el ascensor estuviese solo para subir a la planta baja. Ahora utilizaba una mascarilla de cirujano para cubrir su ya famoso rostro.

A la salida del Hospital, su mejor amigo Francis le estaba esperando. Subió a la furgoneta y ésta se puso en marcha en dirección a los campos ganaderos en las afueras de Santa Gloria.
- Ya lo has echo ¿verdad? Supongo que ahora tu vida vale un poco mas la pena - se dedicaba a conversar Francis mas para él mismo que para su amigo mientras conducía.
Rick Morrison contemplaba el paisaje desde el asiento derecho que antes había ocupado john y una placentera somnolencia comenzó a derrotarle mientras acariciaba su colgante.
- Elisabeth, amor mío. Donde quiera que estes, te mando a los culpables de tu muerte. Haz lo que quieras con ellos.

martes, 14 de abril de 2009

MENTE A LA DERIVA. El desenlace.

No olvideis clickear en "Leer más" para que no salgan omitidos algunos textos.



Hola,me llamo Fredd Callahan y mi vida es una ilusión.

Soy un simple empleado del Supermercado "Suit Rom". Se puede llegar a él por la segunda avenida, la que está junto a la plaza central de Santa Gloria, mi ciudad.

El primer día del mes había llegado a los bolsillos de la gente. Se notaba por la concurrencia que abarrotaban las cajas registradoras y el continuo griterío entre cajeros llamando al orden de cola. Es en días como estos en los que agradezco haber rechazado el puesto y quedarme como reponedor. El caso es que no trabajo muy bien bajo presión y prefiero concluir mi jornada laboral sin altercados. Aunque cobre menos sueldo que el resto.

Ahora mismo, mientras termino de reponer la cuarta estantería en la que descansan los productos lácteos, vuelvo a recordar los hechos que me llevaron a plantear mi existencia para siempre.

Fue durante una fría mañana invernal en la Universidad cuando aquello ocurrió. Yo iva por mi tercer año de carrera. Me quedaban otros tres y una vez concluídos, podría considerarme todo un Psicólogo.
Aquella profesión llevaba rondando en mi cabeza desde mis seis años de edad. Y a pesar de la insistencia de mis padres por ingresar en la Academia de Policía, nada pudo con mi tozudez.

El caso es que aquel día tocaba clase de Folklore histórico y leyendas urbanas. Una signatura optativa que escogí por simple apasionamiento cultural. Como tambien hicieron varios de mis compañeros de clase.

Una voz interrumpió mis recuerdos:
-¡Fredd por el amor de Dios! ¿Quieres acabar conmigo de un ataque al corazón? ¡La tienda está hasta los topes y tu durmiendote en los laureles! ¿Qué pasa con esas estanterías?

Era el jefe del Suit Rom y desde que empezé a trabajar en su tienda, sus disgustos crónicos hacia mí le habían echo perder varios kilos de peso.
-Perdone señor. Es que... ya sabe... uno es ya mayor y...bueno..- me limité a contestarle entre la muchedumbre.
-Eso no iba a suponer problema alguno segun decías en la entrevista ¿Verdad? Sabes que te aprecio, pero por favor procura acabar antes del cierre- Dicho esto, se marchó al interior del almacén.

Lo cierto es que no puedo presumir de ser joven. Llevaba trabajando cuatro años en el Suit Rom y su apertura tuvo lugar un año antes. Por lo que aquel supermercado apenas tenía cinco años de vida comercial.

Mis pensamientos retomaron su curso y me llevaron de vuelta a la clase de la señorita Rosa y su Folklore popular.
Por alguna extraña razón, incluso antes de que Rosa comenzará con su clase, me embargaron varias sensaciones de angustia y desamparo. Como si comenzara a tener miedo de todo aquello que me rodeaba.

Rosa dio comienzo con su clase y fue a mitad de la misma donde acabé gritando y corriendo en direccion a ninguna parte. Llorando y sudando como alma en pena en pleno centro urbano. De milagro no fuí arrestado por alteración del orden público.

La señorita Rosa leía lo siguiente:

Son pocas las personas que han creído en otras entidades a lo largo de la historia. Mas allá de Dios todopoderoso, Buda o el Angel caído, nadie ha encontrado nunca una divinidad sobre el que depositar toda su Fé. Pero se sabe que siglos atrás, existían sectas clandestinas que apoyaban otras creencias y construían sus propios orígenes espirituales...

Mientras leía aquel fragmento en concreto, fue cuando mis sentimientos se encontraron y mi corazón comenzó a encogerse.

Mientras nosotros cimentabamos nuestro saber con el Big Bang como creación del universo, otras culturas ahora ya perdidas con el tiempo, acogían la existencia de una lucha interna entre tres poderosas deidades: Humanios,Celestio y Mortius. En dicha lucha fue donde se creo el mundo que conocemos. Por supuesto dicha religión era considerada como absurda para el raciocinio común. Es por ello que sus integrantes vivían ocultos a los ojos mortales.

Rosa no dejaba de leer y yo no podía dejar de convulsionarme y sentir un dolor lacerante en mi cabeza. Por culpa de mis gemidos, los alumnos mas cercanos a mí comenzarón a mirarme.

La señorita Rosa siguió con la clase:
Por eso el vengativo dios oscuro Mortius, amenazaba con devorar todo cuanto su hermano Hamanios había creado a partir de la Nada. Es decir, amenazaba con destruir la vida. Todo aquello que conocemos hoy en día.
El poderoso y compasivo Hamanios no quería llegar a límites tan extremos, ya que si el continuo enfrentamiento con sus hermanos seguía prolongándose, los tres dioses volverían a estar rodeados de la Nada. Por ello mandó llamar a sus dos rivales para llegar a un pacto...

No podía estar pasando... un terrible deja vu invadía mi mente. Contemplé como el sentido de mi vida estaba siendo aniquilado al ritmo con que Rosa leía su enciclopedia...

...Las almas no pueden regresar a la Nada. Necesitan un lugar donde ir para no mezclar a los vivos con los muertos. Y por ello Humanios creó dos mundos ajenos al primero (el nuestro) y se los entregó a sus dos hermanos. Cada uno de ellos se encargarían de recibir a las almas que abandonaran el reino de Humanios y darles cobijo y un hogar donde vivir. Pero Mortius, que aceptó el trato, tenía otros planes en mente y por supuesto no quería rebajarse a desempeñar lo mismo que su eterno rival y hermano menor Celestio...

Me levanté de golpe y mi silla cayó hacia atras. Rosa no se percató de ello puesto que creía que me dirigía al labavo o algo por el estilo y continuaba leyendo como si nada.

-...en lugar de eso, Mortius se dedicó a influir en el mundo que Humanios había creado para recibir mas almas en su reino y atraer solo a las personas mas diabólicas y perversas para torturarlas en sus dominios, ya que el perverso dios descubrío que su poder se nutría mejor con la maldad de nuestros corazones. Al ver esto, Celestio, menos retorcido pero igual de vengativo,hizo lo contraro que Mortius y optó por acoger en su reino únicamente a las almas buenas y justas y poniéndose de acuerdo con su hermano Humanios, pactaron que Mortius se encargara de teñir su mundo de negrura y crueldad intolerable si asi lo quisiera. Pero que no osara interferir en los reinos restantes ni atraer a más humanos a su antojo. Es decir, que nos dejara morir de forma natural y ya se encargaría Humanios de juzgar a cual de los dos reinos deberiamos ir despues de muertos. Si al reino de Mortius o al de Celestio.

Rosa se dirigió a la clase:
- Esta antigua creencia es conocida como el Pacto de los tres hermanos. Además la palabra "humanos" deriva del ser supremo que supuestamente nos creó. - ¿Alguna pregunta? ¿No? Pues sigamos: El autoproclamado Mortius el grande reclutó a Lucius para....
-¡¡¡¡BASTAAAAA!!!!!- Fué lo último que dije antes de acabar en la calle comportándome como un completo lunático. Y ser devuelto a mi casa por las autoridades. Aquel día simplemente recordé algo que ojala se hubiera mantenido enterrado en mi memoria.

Desde entonces he vivido lo suficiente como para saber que mi vida es un sin sentido absoluto.
No tengo a nadie a quien contar aquel terrible descubrimiento. Y si existiera alguien capaz de creerse que he llegado a vivir una existencia anterior a ésta, ahora está muerto.

Todos mis amigos y familiares estan muertos. Los he visto envejecer y morir. Envejecer mucho mas rapido que yo.

Estoy completamente solo.

Estoy viviendo una segunda existencia y os aseguro que se trata de una sensación tortuosa y lacerante que te devora por dentro día tras día. El hecho de tener que callar tu sufrimiento porque se trata de algo que escapa a la comprensión del sentido común, es realmente agotador.

¿Quién puede ayudarme? ¿Quién me querrá dar la comprensión que necesito?

¿Cómo puedo vivir conociendo la existencia del mismo purgatorio? ¿Cómo puedo simplemente olvidarme de haber desafiado a los mismos jueces del infierno?

No puedo soportar el hecho de verme anclado en un mundo que no me pertence.

No, esta no es mi vida.

Mi vida estaba junto a Ciriel.
Mi vida estaba junto a David Serra y junto a Angus el grandullón...

Yo no me llamo Freed Callahan, me llamo Kevin y no tengo a nadie con quien compartir mi angustia. Estoy completamente aislado en el mundo...

Soy Kevin y tengo 234 años. Aunque aparento unos 56.

La reposición de la cuarta estantería estaba terminada y me dirigí al pasillo de los congelados. Mi jefe quedó satisfecho y me ayudo con la labor.
Lo cierto es que mi jefe era un buen tipo, pero no lo suficiente para contarle el motivo de mi constante sufrimiento interno y considerarme un chiflado.

La jornada laboral concluyó con el recuento de efectivo en las cajas registradoras y conmigo apagando todas las luces del supemercado.

Otro día mas que llegaba a su fin.

Probablemente acabaré buscando otro trabajo cuando mi jefe y todos los empleados vayan envejeciendo y muriendo. No es la primera vez que lo hago...

Tampoco es la primera vez que notó la influencia de Mortius sobre mí. Posiblemente jugando con mi vida como un títere.
No se si ese tal Humanios se lo tiene permitido hacer, pero aquel Dios diabólico se lo pasaba en grande con sus jueguecitos.

Tampoco sé si la clase de la señorita Rosa fue cosa del azar o una maquinación para que recordara mi horrible destino, pero hay cosas que son evidentes...
Como por ejemplo, el nombre del supermercado, bastaba con leerlo reflejado en un espejo y ¡Voilá!


Me fuí a mi apartamento a descansar. Mañana me esperaban muchos productos para reponer.

Por suerte no desempeño la labor de Cajero. Simplemente no soporto a tanta clientela agolpada a mi alrededor. Tan solo en pensar en miles de voces que me hablan y gritan como si estuvieran dentro de mi cabeza, me da escalofríos.

domingo, 29 de marzo de 2009

MENTE A LA DERIVA. 12ºParte

Pulsad "leer más" para que salgan todos los párrafos,
ya que algunos desaparecen al publicar la entrada ;)



Al principio solo temblaba el suelo.

Luego vino aquel gigantesco terremoto.

Aquel mundo de tinieblas se agitaba con tal fuerza que incluso el propio David Serra tuvo que alzar el vuelo para no caer derribado. Que era justo lo que me había ocurrido a mí.

Hasta aquí llegaba mi camino.

Estaba acabado.

Aquí concluían todas mis ambiciones de conquista y sublevación ante tan aciago destino.

Me habían quitado el fuego que alimentaba mi pasión.

La pasión que alimentaba todos mis actos.

Los actos que ejecutaba gracias a ella.

Ciriel, Al final Mortius se había saciado con su alma.

El gran castillo adquiría ahora unas dimensiones imposibles de abarcar con las luces de mis Hazes oculares. Todo el horizonte había sido asfixiado por paredes de negros ladrillos y torreones que arañaban el techo de aquel purgatorio. Era como si el mundo acabase allí, frente a una enorme muralla que marcara el límite de cualquier realidad. No había piedras,montañas u horizontes lejanos, todo quedaba sepultado por kilómetros y más kilómetros de aquel castillo palpitante.

Digo palpitante puesto que todos y cada uno de sus cimientos se contraían y emanaban sendos vapores hediondos por cada una de las fisuras de su fachada.
Lucius entró en escena dirigiendose a David:
- Celestio nunca debería haber intervenido. Es admirable vuestra victoria pero no espereis que os lo agradezca...

David Serra se alejó volando entre frías corrientes de aíre mientras hablaba:
- El equilibrio vital se estaba rompiendo por culpa de esta insubordinación. Es posible que sin la ayuda de mi señor Celestio, el asunto con esos dos se hubiese prolongado aun más. Provocando con ello un retraso considerable respecto a las demás almas que debeis castigar. Ha sido una decisión drástica pero fundamental.
- Es cierto que este conflicto está dificultando nuestra labor respecto a las demas almas que nos llegan del mundo mortal. - Continuó Lucius - Nuestro amo Mortius está muy debil. Todo ello por culpa de nuestras continuas escaramuzas con estos apestosos rebeldes. Son ellos los que nos impiden ocuparnos de las misiones que asignamos a todos y cada uno de los humanos envíados aquí. ¡Estamos perdiendo un tiempo precioso por culpa de ellos mientras nuestro señor necesita saciar su hambre!
- ¿Y no teneis motivos para darme las gracias entonces?- Prosiguió David - ¿No es cierto ahora que por fin podreis acabar con esta rebeldía? ¿Acaso es menos cierto que una vez exterminados Kevin y Ciriel, podreis continuar asignando misiones a vuestras pobres almas herrantes para así alimentar a Mortius?
- El fin no justifica los medios. Habeis cruzado por primera vez desde el principio de los tiempos el límite de vuestras fronteras. Y eso quedó prohibído desde el pacto de los tres hermanos.

Mientras hablaban de pactos desconocidos, mi mente se zambullía de nuevo en el delirio para obtener mi fuerza. En aquel delirio creado para enloquecer a toda esa carnaza humana que eran las almas aquí enviadas. Esa locura y sufrimiento que servía de condimento para el estomago de Mortius el grande. ¿Para eso servían las misiones que nos encomendaban, para actuar como nutrientes para el amo del inframundo? Era de suponer entonces que contra mas sufrieran las almas condenadas durante sus "misiones", mas exquisitas les resultarían a Mortius a la hora de devorarlas.

Pero yo encontraba poder donde otros solo hallaban perdición. Las voces acudieron a mí. De nuevo se mezclaban pensamientos y recuerdos pasados en una tormenta de abstracta demencia. Mi mente se revolvía en sus delirios y yo los acogía con los brazos abiertos. El mundo volvió a parecerme un chiste y todo en mí era locura. De nuevo obtuve el poder.

Ví como David Serra se alejaba volando de vuelta a su mundo. Ahora Lucius se acercaba al enorme castillo sin puertas sin dejar de sonreír.

Con mis manos convertidas en largas cuchilllas de diamantes, corrí hacia él sin importarme que su poder pudiera facilmente rivalizar con el de aquel Angel vengativo que se había marchado.
- ¡Esto ha llego a su fín Lucius! ¡Jajajajajaja! ¡Ya lo creo que sí! - No podía dejar de gritar y reírme a pesar de mi fatídico destino- ¡Vamos! ¡Amasijo del infierno montón de mierda! ¡Ven a por mí!
- Este castillo que cubre todo el horizonte es lo que llamamos "La coraza de Mortius". - Se limitó a explicar Lucius a pesar de mis constantes llamadas al desafío - Digamos que en su interior reposa nuestro señor, pero es solo una pequeña muestra de su majestuosidad. Ya que él nunca nos ha otorgado la privilegiada visión de su figura. Durante eones, cuando la situación así lo requería, emergía de las entrañas de la nada para guiarnos y aconsejarnos. Pero siempre lo hacía sin salir de este castillo. El castillo cuyas dimensiones cortan el infinito. Creado tras el pacto de los tres hermanos.

Llegué hasta él mientras hablaba de aquel misterioso pacto y comenzamos a forcejar con los brazos. Los Entes siameses brotaron de mi cuerpo para estrangularle mientras que mis cuchillas se afanaban por atraversar sus manos. Lucius las esquivaba con pericia.
- ¡Jajajajaja! ¡Mi amor Ciriel! ¿Estas muerta? ¡Entonces no tengo nada que perder! ¿Luchar por la vida? ¡No no y noooo! ¡ Esto no es vida si no una muerte eterna! ¡Jajajajaja!-

No podía dejar de gritar extasiado. Es increíble la felicidad tan retorcida y extraña que me enbargaba. Ahora mi mente no naufragaba a la deriva, si no que finalmente se había... AHOGADO.

Durante varios segundos reinó la quietud. Ambos nos encontrábamos mirándonos fijamente y en posición de ataque. Ahora mis respiraciones parecían desprender una sustancía sanguinolenta por cada uno de mis poros y pringaban todo mi cuerpo con pus rojiza. En aquel momento no reparé en ello.
- Acabemos con esto - Sentencié - ¡Jajajaja! "Acabemos con esto",eso mismo dije cuando la inmigración llegó a Santa Gloria. Pero no siempre se puede erradicar los problemas ¿Verdad?
Lucius contemplaba con cierto horror los chorros de aquella sustancia tan densa y pegajosa que segregaba mi cuerpo. Supuse que pensaba lo mismo que yo; La locura tambien estaba pudriendo mi estado físico. La forma psíquica se le había quedado pequeña y ya no le bastaba con devorar solo mi mente. Los límites de mi cordura habían muerto definitivamente.

Un grupo de figuras se materializaron detras de Lucius. Mis Hazes de luz alumbraron sus rostros con total nitidez.

El mago Hipnos, Freeman el Gordo, El titiritero y por supuesto, Agatha Lugosi. Asi tambien estaba toda su familia granjera, Pit, Teddy y la vieja Andrea.

No faltaba nadie.Todos los que hasta ahora daba por exterminados, habían regresado.
Todos ellos me contemplaban ahora con miradas y gestos de puro odio. Todos salvo Freeman, cuyo rostro nunca abandonaba esa sonrisa retorcida. El pequeño Teddy tambien reía.Probablemente imaginándome espachurrado entre sus grandes brazos.

- ¿Pero que caraj...? -Grité. Pero Hipnos inmovilizó mi cuerpo antes de poder acabar la frase con dos anillos de energía cerrados sobre mis brazos y mis piernas. Lucius se acercó haciendo sus característicos malabares con bolas de goma (siempre las tenía a mano) y me habló al oído:
- ¿Qué clase de hacedores de almas crees que somos si no somos capaces de burlar a la muerte? No puedes acabar con nosotros. Tal vez debilitarnos durante largo tiempo, pero no puedes eliminar a los que se dedican a eliminar. No puedes matar cuando fuimos nosotros los que dimos sentido a esa palabra.

Mientras Lucius parloteaba, Freeman el gordo comenzó a golpear mi rostro con puñetazos tan fuertes como una estampida de elefantes. Todo a mi alrededor se nublaba y daba vueltas sobre un mismo eje.
- Has sido muy malo chico - Me decía Freeman - ¿Y mi preciada niña Selena? Desde luego que eres alguien especial para haberte ganado su confianza. Ella es otra hacedora de almas ¿Sabes? pero siempre ha sido un poco inestable - Cuando terminó de hablar, siguió con su habitual lluvia de golpes devastadores.

El titiritero, ese extraño personaje con el que luchamos a los pies de aquel volcán, habló:
- Digo que la anomalía en este equilibrio vital no merece mas tiempo de existencia. Digo gracias si cobramos nuestra venganza por tantas humillaciones sufridas. Digo gracias y adios. Kevin.
- Desde luego que sí. Pongamos punto y final - le secundó Agatha Lugosi - Honremos el pacto de los tres hermanos.

Yo solo quería reír. La locura me embargaba.
Ya nada tenía sentido (¿Alguna vez lo tuvo?) Al igual que resultaba imposible pensar en cualquier posibilidad de salvación.
A pesar de ello...¡Qué diablos! ¡Me los llevaría a todos por delante con mi muerte! Aunque eso signifique el exterminio de toda la existencia humana. ¡Preferiría mil veces el fin del mundo antes de concederles el triunfo! ¡A la mierda con Celestio y Mortius! ¡A la mierda con ese pacto de los tres hermanos!¡Jajajajaja! Adelante. ¡Adelante! ¡Devórame! ¡Sacia tu hambre infinita y líbrate de mí! ¿No es eso lo que quieres, jodido Mortius el grande?

La sustancia corrosiva de mi cuerpo se estaba cebando ahora con mi piel y varios centímetros de huesos asomaron al exterior. Así como la mitad de mi rostro consistía ahora en media calavera humana.
Pero ya no sentía dolor. El delirio me abrazaba y nacía de mi interior.

- ¡Su poder no deja de crecer! - Gritaba Pitt, el padre granjero de Agatha.
- ¡No puede ser! ¡No podemos alimentar a Mortius con él...con... con esta cosa chiflada, demente y envenenada - Gritaba horrorizado Freeman mientras se alejaba varios pasos de mí.
Lucius era incapaz de articular palabra ante tal horrible espectáculo. Miraba perplejo la calavera que ahora ocupaba la totalidad de mi rostro. Una calavera que sonreía entre destellos de luz procedentes de sus cuencas oculares.
- ¡Me rindo! ¡Jajajaja! ¡Me rindo, acabad conmigo! ¡jajajaja!- Les gritaba yo.

Lucius se dignó a pronunciar palabra:
- Nuestro amo no es estúpido. Sabe que algo con semejante poder puede consumirle por dentro si llegara a devorarle. Provocando así un cataclismo universal debido a la caída de este mundo. pero...¿Qué hacemos entonces? ¡Su poder ahora es superior al mío y no podemos controlarle ni juntando todas nuestras fuerzas! Y Mortius está muy debil para intervenir. Lleva mucho tiempo sin alimentarse...¡Este humano no es más que un virus que corroe y profana el pacto de los tres hermanos!
- ¡Estamos perdidos! - gritó Hipnos - ¿Cómo acabará esto?

Las voces de mi cabeza redoblaron su canto hasta tal punto que ahora incluso podían ser oídas por Lucius y los demas.
- ¡Contemplad el poder del Lucecitas! ¿No es eso lo que soy, Lucius? ¡Jajajajaja!

Los Entes ligados a mi cuerpo doblaban su tamaño al tiempo que mis diamantes crecían en longitud y grosor. Un aura enorme envolvía toda mi figura y los allí reunidos se llevaron las manos a los ojos para protegerlos del deslumbramiento.
Freeman lanzó contra mí una densa humareda de gas invocada con el fin de chupar toda mi energía, pero gritó con resignación al ver como se desvanecía al contacto con la sustancia rojiza que me envolvía. Una sustancia que era la locura en su estado mas físico.
- ¡Esto es inconcebible! - Exclamaba sin cesar - ¡Somos Hacedores de Almas, no podemos fallar!

Todos contemplaban ahora la calavera que reemplazaba mis rostro. Así como los gajos de piel que se difuminaban para mostrar mis huesos candentes al mundo. Ahora mi piel tan solo cubría un tercio de mi cuerpo y mi corazón palpitante, igual que mis pulmones e intestinos, eran divisados con total claridad bajo mis huesos.

Ni tan siquiera Andrea, aquella anciana que nos privó de nuestras fuerzas con su canto en la cabaña de aquella catarata interminable, podía hacer nada contra mí.

Noté la mirada de Lucius sobre mí. En ella solo había furia y desesperación.
En la mía podía leerse claramente "Te he ganado".
Pero de pronto las voces de mi cabeza se ahogaron.

Una enorme fuerza subcionadora me atrajo hacía el castillo a una velocidad de vértigo.
Las paredes de ladrillo se abrieron para permitirme el paso a traves de sus negras entrañas y me sumergí dentro de la estancia como si de una aspiradora se tratase. Pude oír a Lucius gritar a lo lejos:
- ¡Mortius ha decidido actuar! ¡Nooo! ¡Señooooor, no puedes devorar su alma! ¡Está podrida e infecta y acabará contigo si lo haces! ¡No lo hagas amoooo! ¡No lo hagaaaaas! - todo ello acompañado por los lamentos de sus compañeros que gritaban al unísono.

¿He vencido entonces? Esta oscuridad que no deja de subcionarme hacia la nada... ¿Es a Mortius donde me lleva? ¡Jajajaja! ¡Que te aproveche estupido Hades de tres al cuarto! ¡He ganado! ¡Jajajaja! ¡Devora mi cuerpo consumido por el veneno y haber como te sienta!

Ciriel, Angus...lo he conseguido.
Crucé el umbral.
El interior de aquel castillo infinito constaba entre otras cosas, de imágenes procedentes de otros mundos. En las paredes, escaleras y en los suelos, allí se mostraban imágenes de firmamentos desconocidos para mí.

Luego todo fué destellos de luz cegadora.
Las explosiones de luz dieron paso a un rostro gigantesco que apenas contemplé durante una fracción de segundo. Un rostro poderoso y sublime de ojos escarlata del tamaño de dos asteroides gigantescos. Aquel rostro era el apocalipsis en sí mismo. Me resultaría imposible describirlo con simples palabras. Era como si todo el firmamento se transformara en una inmensa cabeza humanoide para desaparecer al instante. Como un espejismo.

¿Entonces eres Mortius?

No hubo respuesta. Pero despues de la luz llegó la oscuridad.
Noté como me desintegraba.



Próximo capitulo: El desenlace.