Delirios de la cordura: noviembre 2008

jueves, 27 de noviembre de 2008

Mis pequeñas poesías

Las he titulado así, porque las empecé a escribir desde pekeñita... son el fruto de mi adolescencia y parte de mi juventud, y pienso que es un trabajo aún no maduro, pequeño, delicado, sin terminar... Espero que os guste esta selección que he hecho de algunas de estas poesías, ya que son el reflejo de muchas experiencias y muchas sensaciones que he tenido:

II
Mi muerte se acerca
No sé por qué lo presiento
Pero mi último pensamiento
Será su piel sonrosada mientras mi alma se eleva.

Después le veré a él
Con amargo semblante,
Mientras tímidamente
Dos lágrimas brotan de sus ojos color miel.


Con flores al cementerio irá
Llevando una foto mía entre sus manos
y, mirando los labios que antes hubo besado,
Arrodillado como un niño llorará.

Con los ojos del alma podré ver
Cómo sus lágrimas caen sobre mi foto inerte;
La abrazará esperando que el negro manto de la muerte
Envolviéndole vaya a él.


IV
A los pies de tu cama estoy
Duerme tranquila, mi niña,
Que en vela estaré
Para que nadie pueda romper
Tu dulce sueño hasta el día.

No te preocupes, voy a impedir
Que puedan si quiera rozar
Los rayos de sol al amanecer
Tu suave y blanca piel
Y te vayan a despertar.

Mis alas serán tu manta,
Si es que de noche pasas frío,
Abanico si pasas calor;
Siempre estaré en tu corazón,
sólo tienes que soñar conmigo.
(Para Vero, mi niña)

XI
El perfil de las montañas
Parece dibujado con lápiz
A la luz de la diosa nocturna
Con su fulgor de brillante cáliz.

La fresca hierba recibe
La preciosa lluvia del rocío
Que cede el cielo siempre,
Sea invierno, sea estío.

El viento ruge poderoso,
Por entre las piedras se cuela,
Silbando, armando jaleo,
Como una colmena de abejas.

El joven arroyo
Se insinúa a la amada orilla,
La besa y con un susurro
Le recita una poesía.

Todas las flores duermen
Sin hacer ningún ruido,
No vayan a despertar
A los pájaros en sus nidos.

El grillo, guardián eterno,
Vigila todo en la oscuridad;
El adormece a todos
Cantando su nana sin cesar.

XIII
Vestida de blancos tules
Sobre mi cabeza se posa,
No siempre que quiero,
Aunque cada día más hermosa.

A veces la llamo a gritos,
Mas acudir no quiere ella;
Estará diciendo al oído
A alguien un poema.

Niña caprichosa es
Que juguetea con mis ideas,
Las alborota y cuando quiere
Les pone orden en mi cabeza.

Pocas veces consigo
Dominarla como quisiera;
Mas muchas son las veces
Que con ella mi alma vuela.

XV
Si tú quisieras,
Si yo quisiera,
Todo sería para los dos …

Si tú quisieras,
Si yo quisiera,
Sólo seríamos tú y yo …

Si tú quisieras,
Si yo quisiera,
Te enseñaría qué es el amor …

Si tú quisieras,
Si yo quisiera …
¿Quieres tú?¿Quiero yo?
(Para Sergio)

lunes, 24 de noviembre de 2008

Los ángeles también se enamoran

Aquí tenéis mi segunda contribución al blog... espero que os guste tanto como la primera...^^
Acabo de cambiarle algunas cosas, ahora he incorporado la caída de ella, a parte de que he modificado unas cosillas, a ver qué os parece


Los dos sentados en unos bancos blancos de una habitación blanca, entre gente vestida de sedas finas del mismo color, como en una lista de espera del médico, expectantes; aguardan su destino, destino que les será impuesto sin que nadie les pregunte. Por el rostro de porcelana de ella ruedan dos lágrimas; él las traga y maldice a su padre, al verdugo que dictará la sentencia de muerte para sus corazones. No quieren ni mirarse, saben que se desmoronarán cuando tengan que decirse el último adiós, así que jugueteando nerviosamente con los dedos miran al suelo, sin querer levantar la mirada si quiera. Se han prometido que se buscarán allá abajo, pero la Tierra es tan grande … Además se supone que no se ha de recordar nada de lo anterior… una vida nueva… una identidad nueva… Nuevos recuerdos suplantarán a los antiguos junto a nuevas dudas, nuevos amores…
¿Por qué la amo tanto? Debería quererla como a una hermana, como lo que somos todos, pero … la veo y siento que nunca he amado tanto a nadie … ni siquiera a Él … ¿Será esto un castigo por quererla más que al Padre? ¿Es esto una prueba que debemos pasar ante Él? Pero ¿no debería Él comprender que la quiero más que a nada, y que deseo pasar el resto de mi eternidad a su lado? Sin ella no sé qué haré, y sé que pase lo que pase la recordaré, aunque esté en cien cuerpos y vidas diferentes …
Le buscaré. No podré aguantar sin él … Allí donde esté prometo que le buscaré, porque el amor puede más que cualquier idioma, más que cualquier raza, y cuando le encuentre, le haré el hombre más feliz del mundo … cuánto le amo … Quisiera quedarme aquí a su lado … ¿Qué nos deparará el futuro a cada uno? No creo que sepa afrontarlo sin él … ¡Dios, Padre, no puedo! Durante los últimos meses he compartido cosas con él que sólo le había contado antes al Padre … No podré aguantar sin él …
Por su lado pasan ángeles, todos alegres por saber a dónde se les enviará. Sus túnicas de plata y oro relucen con la luz de los últimos rayos de sol, con los rojizos reflejos del astro moribundo.
Él la mira de reojo, y tiende su mano, para que ella la coja; ella la acaricia, mientras más y más lágrimas caen de su blanco rostro, mojando las manos unidas de los dos. Él, en un último intento de ser fuerte, le sonríe, pero su tímida sonrisa se ve bañada por lágrimas que no ha podido retener. Ambos se abrazan, sintiendo el calor del otro, como tantas otras veces …

Al caer el sol, se les convoca, a ambos por separado; son los últimos que quedan. Ninguno puede desvelar su destino al otro; sin embargo al salir de la sala, con tan sólo mirarse, ambos saben que estarán separados por muchos kilómetros, que no tendrán posibilidad de estar juntos allá abajo. Después de largo rato mirándose, se abrazan amargamente; durante horas quizá.
Dentro de dos días nos mandarán a cada uno a nuestro sitio. Mi amor, no he podido convencer al Padre de que quiero quedarme aquí; Él, que lo sabe todo, sabe lo que te amo, pero no ha cedido ante mis súplicas. Sólo nos queda una opción, si quieres estar conmigo, pero, no quiero obligarte a nada; yo estoy dispuesto a hacerlo.
Dime qué es, mi amor, y lo haré sin pensarlo si quiera.
Negarnos y marcharnos.
Un silencio sepulcral, seguido de un viento helado recorre la habitación en la que están ya solos y a la tenue luz de la luna que empieza a asomar.

A la noche siguiente, sin que nadie lo supiera, salieron. Fueron al lugar que el Padre utilizaba para enviar a todos a la Tierra. Era un barranco en el que no se veía el final; no se veían más que nubes esponjosas que tapaban lo que había más abajo, que era la Tierra. Hacía frío, o ellos al menos sentían frío; algo que hacía mucho que no sentían. Y miedo, un miedo les dominaba, paralizándoles. Era extraño, como si sintieran sus cuerpos con más intensidad, como si perdieran poco a poco ese halo dorado de luz dorada que les envuelve a todos y fueran capaces de sentir, oler, ver como sienten los humanos. Soplaba el viento, un viento fuerte que levantaba sus túnicas y jugueteaba con ellas; ese viento hablaba; decía cosas, palabras de riña, enfado, de queja, como si les reprendiera por lo que iban a hacer. Mientras, la Luna llena, les sonreía, orgullosa del amor de ambos.
Después de mirarse y besarse tiernamente, con rostros esperanzados, se cogieron de la mano fuertemente y saltaron juntos, con los brazos extendidos hacia los lados, como si se saltaran de cabeza a una piscina.

Cuando él despertó estaba cubierto de sangre; su cuerpo dolorido yacía bocabajo y se negaba a levantarse; sus ojos se negaban a abrirse, mientras él con todas sus fuerzas lo único que quería era abrir los ojos para ver a su amada, a quien tenía cogida fuertemente de la mano. Con gran esfuerzo logró abrir los ojos, y levantar la mirada; alzó la mano, que tenía cerrada, en torno a la de ella. Al mirarla, sólo vio un manojo de plumas ensangrentadas, que agarraba con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. El miedo recorrió su cuerpo, y se levantó para buscarla a ella, pero no estaba. Un charco de sangre y plumas le rodeaba en medio de la hierba aplastada teñida de rojo … sólo eso … Sintió un escalofrío y un gran dolor en el pecho … De repente recordó lo que había pasado … como en un sueño lejano recordó la caída desde el barranco … cómo el viento helado formaba un remolino, cómo les separaba a él y a su amada, mientras gritaban, intentando agarrar la mano del otro en un intento desesperado de aferrarse a lo que más querían en el mundo … Entonces fue consciente de lo sólo que estaba …

Dolor… sólo sentía dolor en todo su cuerpo… y los párpados eran como dos piezas de plomo de varias toneladas… sentía un sabor metálico en la boca, y algo cálido resbalaba por su boca y por su pecho… estaba bocabajo en algún lugar mojado y pringoso, y se había golpeado la cabeza, o eso creía recordar… comenzó a oír lo que le rodeaba… un bullicio enorme de coches, sirenas, gente caminando de aquí para allá era lo que podía distinguir… entreabrió los ojos y vio una farola medio rota en sus últimos estertores, en aquel callejón oscuro y pestilente de algún lugar desconocido… Al intentar incorporarse un rayo de dolor la atravesó desde los pies hasta la cabeza, haciéndola caer de nuevo cerrando los ojos, a la vez que a su mente venía una imagen de ella misma saltando desde un lugar muy alto… al lado de alguien… ¿al lado de quién? al lado de él… ¡al lado de él! Abrió los ojos rápido y alzó la cabeza dolorosamente buscándole… a su lado tan sólo había basura, y algún gato callejero detrás de unas ratas…

Y a la vez, en dos lugares muy distantes de la Tierra, al cielo se alzaron dos gritos desgarradores: el de un hombre y el de una mujer.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La música de Erich Zann

He examinado con el mayor detenimiento los mapas de la ciudad, sin lograr nunca encontrar de nuevo la Rue d'Auseil. No todos los mapas eran modernos, pues soy consciente de que los nombres cambian. Antes al contrario, he indagado exhaustivamente en la historia local y he explorado personalmente cualquier parte, cualquiera que fuera su nombre, que pudiera corresponderse con la calle que yo conocí como Rue d'Auseil. Pero, a pesar de todo esto, ahí queda el humillante hecho de que no puedo encontrar la casa, la calle o incluso el barrio donde, en los últimos meses de mi agobiada vida como estudiante universitario de metafísica, escuché la música de Erich Zann.

No me extraña que me falle la memoria, ya que mi salud, tanto física como mental, estaba seriamente mermada durante la época en que residí en la Rue d'Auseil, y eecuerdo que nunca lleve hasta allí a ninguna de mis escasas amistades. Pero resulta extraño y singular el que no pueda volver a encontrar la calle, ya que se hallaba a media hora de camino de la universidad, y se distinguía gracias a particularidades que serían difíciles de olvidar para cualquiera que las hubiera visto. Nunca he conocido a nadie que haya visto la Rue d'Auseil.


La Rue d'Auseil se encontraba cruzando un río oscuro flanqueado de altos almacenes de ladrillo, y era salvado por un sólido puente de piedra oscurecida. Siempre reinaban las tinieblas junto a ese río, como si el humo de las cercanas factorías velaran perpetuamente el sol. Asimismo, el río apestaba a malsanos hedores que nunca antes había aspirado, y que pueden serme de ayuda algún día en mi búsqueda, ya que podría reconocerlos al instante. Al otro lado del puente se abrían angostas calles de adoquines y traviesas, y después venía la cuesta, suave al principio, pero ya increíblemente empinada al llegar a la Rue d'Auseil.

Nunca antes he visto una calle tan estrecha y escarpada como la Rue d'Auseil. Resultaba casi un barranco, cerrada al tráfico, formada en ciertas partes por tramos de escaleras y rematando en lo alto en una tapia elevada y cubierta de hiedra. El pavimento resultaba irregular, hecho a veces de lajas de piedra, a veces de adoquines y a veces de tierra desnuda en la que brotaba una tenaz maleza gris verdosa. Las casas eran altas y de tejados picudos, increíblemente viejas e inclinadas sin ton ni son hacia delante, detrás o los lados. A veces un par de casas enfrentadas, ambas vencidas hacia delante, casi llegaban a juntarse sobre la calle, como un arco, y en verdad robaban casi toda la luz al terreno de debajo. Había unos cuantos puentes volantes que saltaban de casa a casa sobre la calle. Los habitantes de esta calle me causaban una peculiar impresión. Al principio pensé que se debía a su talante silencioso y reservado; pero más tarde concluí que era causado por el hecho de que todos eran muy viejos. No sé cómo acabé viviendo en una calle así, pero no estaba muy en mis cabales al mudarme. Había vivido en multitud de cuchitriles, siempre desahuciado por falta de dinero, hasta arribar a esa casa destartalada de la Rue d'Auseil, regentada por Blandot, un paralítico. Se trataba de la tercera casa a partir del final de la calle, y con mucho era la más alta de todas.

Mi cuarto estaba en la quinta planta, la única con inquilino, ya que la casa estaba casi vacía. La noche de mi llegada oí una extraña música proveniente de la picuda buhardilla de arriba, y al día siguiente interrogué al respecto al viejo Blandot. Me contestó que se trataba de un viejo violinista alemán, un extranjero mudo que firmaba como Erich Zann, y que tocaba por las tardes en la orquestilla de un teatro, añadiendo que el deseo de Zann de tocar durante las noches, a la vuelta del teatro, era lo que le había llevado a elegir su alta y aislada buhardilla, cuya ventana de gablete era el único lugar de la calle desde donde uno podía otear más allá del muro de remate, hacia el declive y la panorámica de más allá. A partir de entonces pude escuchar cada noche a Zann, y aunque me mantenía en vela, me sentía tocado por lo ajeno de su música. Sabiendo poco de ese arte, estaba convencido de que ninguna de aquellas composiciones tenía relación alguna con cualquier música que hubiera escuchado antes, y llegué a la conclusión de que estaba ante un compositor de un genio sumamente original. Cuanto más escuchaba, más fascinado me sentía, hasta que al cabo de una semana me decidí a ganarme la amistad del anciano.

Una noche, a la vuelta de su trabajo, me hice el encontradizo con Zann en el vestíbulo y le comenté que me gustaría conocerlo, así como acompañarlo mientras tocaba. Se trataba de un personaje bajo, delgado, cargado de hombros, de ropas raídas, ojos azules, rostro grotesco como el de un sátiro y casi calvo. A mis primeras palabras pareció irritado y temeroso a un tiempo. Mi talante, abiertamente amistoso, lo aplacó no obstante al final, y de mala gana me invitó por señas a seguirlo por las escaleras oscuras, crujientes y temblorosas del ático. Su cuarto, uno de los dos que había en la empinada buhardilla picuda, miraba al este, hacia la gran tapia que formaba el remate superior de la calle. Era de gran tamaño y parecía aún mayor gracias a su extrema desnudez y abandono. El mobiliario consistía tan solo en un estrecho jergón de hierro, una desconchada palangana, una mesa pequeña, una gran librería, un atril de hierro y tres sillas vetustas. Las partituras se apilaban en desorden por los suelos. Los muros eran de tablazón desnuda, y seguramente jamás conocieron el yeso, al tiempo que la abundancia de polvo y telarañas acentuaban la impresión de que el lugar estaba más abandonado que deshabitado. Sin duda, el mundo de belleza de Erich Zann se hallaba en algún lejano cosmos de la imaginación. Invitándome a sentarme, el mudo cerró la puerta, echó el gran pestillo de madera y encendió una vela para hacer compañía a la que había traído consigo. Luego sacó el violín de su apolillada funda y, empuñándolo, se sentó en la menos incómoda de las sillas. No empleó el atril, pero sin una vacilación, tocando de memoria, me encandiló durante una hora con melodías nunca antes oídas, melodías que debían ser creaciones suyas. Describirlas con exactitud es algo imposible para un lego en música. Se trataba de algo así como una fuga, con pasajes recurrentes de una cualidad de lo más fascinante, pero lo más notable fue la ausencia de cualquiera de las extrañas notas que había escuchado arriba, desde mi cuarto, en anteriores ocasiones. Recordaba bien esas notas obsesivas, y a menudo las había tarareado y silbado titubeante para mí mismo, por lo que cuando el músico bajó al fin su arco le pregunté si podría brindarme alguna de ellas. Apenas comenzada mi solicitud, el arrugado rostro de sátiro perdió su aburrida placidez que luciera durante la interpretación, pareciendo mostrar esa misma y curiosa mezcla de ira y temor que ya advirtiera la primera vez que abordé al anciano. Por un momento intenté la persuasión, achacando de forma bastante ligera su actitud a un ramalazo de senilidad, e incluso intenté despertar el extraño humor de mi anfitrión silbando algunos de los acordes que oyera la noche antes. Pero no insistí más que un momento, ya que, apenas reconocer el silbido, el rostro del músico mudo se contorsionó en un gesto que se encontraba más allá de cualquier análisis, y su mano derecha, larga, fría y huesuda, se levantó para silenciar mi boca y su tosco remedo. Al hacerlo dio otra muestra de excentricidad lanzando una ojeada inquieta a la solitaria ventana, cubierta de cortinas, como si temiera alguna intrusión... una mirada doblemente absurda por cuanto la buhardilla se alzaba alta e inaccesible sobre los tejados vecinos, y siendo esa ventana, tal como me dijera el conserje, el único lugar de esa empinada calle y la única desde la que no podía ver el muro de lo alto.

La mirada del viejo me trajo a la cabeza el comentario de Blandot, y se me antojó contemplar el vasto y vertiginoso panorama de tejados a la luz de la luna, así como las luces al otro lado de la cima de la colina, de las que, de entre todos los habitantes de la Rue d'Auseil, sólo este asilvestrado músico podía disfrutar. Me acerqué a la ventana e iba a abrir las indescriptibles cortinas cuando, con una espantada rabia aún mayor que la de antes, el mudo huésped volvió a abalanzarse sobre mí, en esta ocasión señalándome la puerta con la cabeza mientras trataba de arrastrarme con las manos. Completamente disgustado ahora con mi anfitrión, le exigí que me soltase, diciéndole que me iría en el acto. Su apretón aflojó y, viéndome molesto y ofendido, su propia furia pareció disiparse. Volvió a oprimir mi brazo, esta vez en gesto de amistad, conduciéndome hasta una silla; entonces, con gesto pensativo, fue hasta la abarrotada mesa y allí escribió algunas palabras a lápiz en el trabajoso francés de los extranjeros.

La nota que acabó tendiéndome era una súplica de tolerancia y perdón. Zann decía ser anciano, solitario y afligido por extraños miedos y problemas nerviosos relacionados con su música, entre otros motivos. Se sentía honrado por mi interés hacia su música y esperaba que volviera a visitarle, sin tener en cuenta sus excentricidades. Pero no podía tocar para otra persona sus extrañas melodías, ni podía dejar que las oyesen; ni permitir que nadie tocase nada en ese cuarto. Hasta nuestra conversación en la sala, no había sabido que podía oírle tocar desde mi alcoba, y ahora me rogaba que, si podía, arreglase con Blandot el instalarme en una habitación más baja, desde la que no pudiera escucharle de noche. Él, afirmaba, pagaría la diferencia de precio. Mientras estaba sentado, descifrando su execrable francés, me sentí más dispuesto hacia el anciano. Era víctima de padecimientos físicos y nerviosos, tal como yo; y mis estudios metafísicos me habían enseñado la virtud de la caridad. En el silencio hubo un ligero sonido en la ventana -la contraventana debió golpetear en alas del viento nocturno-, lo que por alguna razón sobresaltó violentamente a Erich Zann. Cuando acabé de leer, estreché la mano de mi anfitrión y me fui como amigo. AI día siguiente, Blandot me asignó un cuarto más caro en la tercera planta, entre la alcoba de un viejo usurero y la habitación de un respetable tapicero. No había nadie en la cuarta planta.

No tardé en descubrir que el interés de Zann por mi compañía no era tan grande como parecía cuando me convenció para que me mudase de la quinta planta. Nunca me invitaba, y, cuando yo mismo lo hacía, parecía disgustado y tocaba indiferente. Era siempre de noche... dormía de día y no recibía a nadie. Mi aprecio por él no creció, pero la habitación del ático y el extraño músico parecían ejercer una rara fascinación sobre mí.

Sentía un curioso deseo de mirar a través de esa ventana sobre el muro y las invisibles laderas, sobre los resplandecientes tejados y los chapiteles que debían desplegarse más allá. Una vez acudí en horas de teatro a la buhardilla, cuando Zann no estaba, pero la puerta se hallaba cerrada con llave. Lo que sí conseguí fue el escuchar los conciertos nocturnos del viejo mudo. Al principio iba de puntillas hasta mi antiguo cuarto de la quinta planta, luego me hice lo bastante audaz como para ascender por el último y crujiente tramo de escaleras hasta la picuda buhardilla. En el angosto descansillo, al otro lado de la puerta, trancada y con la cerradura ocluida, escuchaba a menudo sonidos que me llenaban de un miedo indefinible... miedo a prodigios indefinidos y misterios acechantes. No es que tales sonidos fuesen espantosos, pues no lo eran, pero contenían vibraciones que sugerían cosas que no eran de este mundo y, a intervalos, asumían una cualidad sinfónica que a duras penas podía creer el producto de un sólo músico. Con el paso de semanas, la interpretación se volvió más salvaje, mientras el viejo músico se tornaba cada vez más ojeroso y furtivo que lo hacían lastimoso de ver. Ahora rehusaba admitirme en momento alguno, y me rehuía cada vez que nos topábamos en las escaleras.

Y una noche, mientras escuchaba al pie de la puerta, oí cómo el chirriante violín estallaba en una caótica babel de sonidos; un pandemónium que podría haberme hecho dudar de mi propia y tambaleante cordura de no haberme llegado de detrás de esa puerta cerrada una lastimera prueba de que el horror era real... ese grito espantoso, inarticulado, que sólo un mudo puede proferir, y que se desata sólo en momentos del más terrible miedo o angustia. Golpeé insistentemente la puerta sin obtener contestación. Entonces esperé en el oscuro rellano, estremecido de miedo y frío, hasta oír los débiles esfuerzos del pobre músico por incorporarse con ayuda de una silla. Creyéndolo recobrarse de un desmayo, reanudé los golpes a la vez que pronunciaba mi nombre para tranquilizarlo. Escuché cómo Zann se tambaleaba hacia la ventana y cerraba contraventana y cortina; después fue trastabillando hasta la puerta y la abrió titubeante. Esta vez su gozo al verme fue real, ya que su semblante desencajado resplandecía de alivio mientras se aferraba a mi chaqueta como un niño a las faldas de su madre.

Temblando de forma patética, el viejo me hizo sentar en una silla, al tiempo que él ocupaba otra, junto a la que su violín y arco yacían de forma descuidada sobre el suelo. Permaneció algún tiempo inmóvil, cabeceando de forma extraña, ofreciendo una paradójica insinuación de escucha intensa y espantada. Después pareció quedar satisfecho y, pasando a una silla junto a la mesa, escribió una breve nota, me la tendió y regresó a la mesa, donde comenzó a escribir rápida e incesantemente. La nota me rogaba encarecidamente, y si quería satisfacer mi curiosidad, que esperase en mi sitio mientras él preparaba un registro completo en alemán de todos los prodigios y terrores que le habían acaecido. Aguardé, y el lápiz del mudo volaba.

Quizás una hora mas tarde, mientras yo aún esperaba y las hojas que el viejo músico rellenaba febrilmente continuaban apilándose, vi sobresaltarse a Zann como tocado por un horrible estremecimiento. Sin lugar a dudas, miraba a la ventana cubierta por cortinas y escuchaba estremecido. Entonces me pareció a medias oír un sonido; aunque no era nada horrible, sino que, por el contrario, se trataba de una nota musical sumamente baja e infinitamente distante, sugiriendo un intérprete que se hallase en una de las casas de la vecindad, o quizás en alguna morada del otro lado del muro sobre el que nunca había llegado a mirar. Pero el efecto fue terrible para Zann, ya que, dejando caer el lápiz, se alzó bruscamente, empuñó el violín y comenzó a desgarrar la noche con la más extraordinaria interpretación que jamás haya oído nacer de ese arco, fuera de lo escuchado junto a la puerta cerrada.

Sería infructuoso describir la interpretación de Erich Zann en esa noche espantosa. Resultaba más horrible que cualquier otra cosa que yo hubiera escuchado, ya que ahora veía la expresión de su rostro, y podía comprender que el motivo era un miedo atroz. Intentaba hacer ruido para mantener algo a raya o quizás ahogar sus sonidos... el qué, no puedo imaginarlo, aunque creo que debía tratarse de algo terrible. La ejecución se volvía fantástica, delirante e histérica, aunque manteniendo hasta el fin las cualidades de supremo genio que, como yo bien sabía, poseía aquel singular anciano. Reconocía los sones –se trataba de una salvaje danza húngara, popular en los teatros, y por un instante pensé que era la primera vez que oía a Zann acometer la obra de otro compositor.

Más y más alto, más y más salvaje, subían el chirrido y el gemir de aquel violín desesperado. El músico estaba empapado en sudor y se contorsionaba como un mono, sin dejar de mirar frenéticamente hacia la ventana cubierta por la cortina. En sus extraordinarias contorsiones, casi podía adivinar sátiros y bacantes bailando y girando enloquecidos a través de hirvientes abismos de nubes y humo y relámpagos. Y entonces creí escuchar una nota más aguda y persistente que la del violín; una nota calmosa, deliberada, intencionada, burlona, que llegaba de muy lejos hacia el oeste.

En ese momento la contraventana comenzó a batir empujada por un rugiente viento nocturno que se había alzado en el exterior a la par que el loco concierto de dentro. El chirriante violín de Zann ahora se impuso emitiendo sonidos que yo no creía posibles en un instrumento así. La contraventana batió más fuerte, suelta, y comenzó a golpear la ventana. El cristal saltó en pedazos bajo los golpes repetidos y el viento frío entró, haciendo chisporrotear las velas y arrebatando los folios de la mesa donde Zann había comenzado a transcribir su horrible secreto. Miré a Zann y vi que se hallaba más allá de cualquier relato imparcial. Sus ojos azules estaban desorbitados, vidriosos, ciegos, y la frenética interpretación se había convertido en una irreconocible orgía, ciega, mecánica, que ninguna pluma puede aspirar siquiera a insinuar.

Un soplo repentino aun más fuerte que los demás, arrebató el manuscrito y lo llevó hacia la ventana. Perseguí con desesperación las hojas volantes, pero se fueron antes de que pudiera llegar a los cristales rotos. Entonces recordé mi antiguo deseo de mirar por esa ventana, la única en la Rue d'Auseil desde la que uno podía contemplar la ladera al otro lado del muro y la ciudad que se extendía más allá. Estaba muy oscuro, pero las luces de la ciudad permanecían encendidas, y yo esperaba verlas a pesar de la lluvia y el viento. Pero aunque me asomé a esa alta ventana de buhardilla, miré mientras las velas chisporroteaban y el loco violín aullaba al compás del viento nocturno, no vi ciudad alguna abajo, ni luces amigables resplandeciendo desde calles reconocibles, sino sólo la oscuridad del espacio ilimitado; inimaginable espacio viviente, con movimiento y música, careciendo de semejanza alguna con nada de esta tierra. Y mientras permanecía allí, mirando aterrorizado, el viento apagó las velas de la antigua buhardilla picuda, sumiéndome en una salvaje e impenetrable oscuridad, con caos y pandemónium ante mí, y la demoníaca locura del violín aullando en la noche a mis espaldas.

Retrocedí tambaleándome en la oscuridad, sin medios para encender la luz, chocando con la mesa, volteando una silla y finalmente abriéndome paso hacia el lugar donde la oscuridad gritaba con la estremecedora música. Debía hacer algo para salvarnos a Erich Zann y a mí mismo, cualesquiera que fueran los poderes que se nos enfrentaban. En cierta ocasión creí sentir el roce de algo helado y grité, pero mi grito fue acallado por aquel espantoso violín. Repentinamente, en la oscuridad, el enloquecido vaivén del arco me tocó y supe que estaba junto al músico. Tanteando, toqué el respaldo de la silla de Zann, y luego encontré y sacudí su hombro intentando hacerle volver en sí.

No respondió, y el violín chirriaba sin pausa. Alcé la mano a su cabeza, cuyo mecánico agitar pude detener y le grité en el oído que debíamos escapar de los desconocidos seres de la noche. Pero ni me respondió ni detuvo el frenesí de su inexplicable música, mientras que por toda la buhardilla parecían danzar extrañas corrientes de viento entre la oscuridad y la confusión. Al tocar con la mano su oreja me estremecí, aunque sin saber por qué... no lo supe hasta que palpé su rostro inmóvil; el rostro frío como el hielo, rígido, sin respiración, cuyos ojos se desorbitaban en vano mirando el vacío. Y entonces, merced a algún milagro, alcancé la puerta y el gran pestillo de madera, y huí desesperadamente del ser de ojos vidriosos en la oscuridad, y del espectral aullido de ese maldito violín cuya furia crecía
según yo escapaba.

Saltando, volando, huyendo por esas escaleras sin fin a través de la casa a oscuras; corriendo a ciegas por esa calle estrecha, empinada y antigua, llena de escalones y casas inclinadas; bajando escalinatas y corriendo sobre adoquines hacia las calles inferiores y el pútrido río encajonado; cruzando jadeante el gran puente oscuro hacia las calles y bulevares más amplios y salubres que me resultaban conocidos; aún guardo todas esas impresiones. Y recuerdo que no había viento ni luna, y que todas las luces de la ciudad resplandecían. A pesar de mis búsquedas e indagaciones más cuidadosas, nunca he podido dar con la Rue d'Auseil. Pero tampoco me pesa tanto, ya sea por esto o por la pérdida en abismos no soñados de las hojas de letra apretada que eran lo único que podrían haber explicado la música de Erich Zann.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Leyenda

Voy a poner aquí mi primera colaboración en este blog, esto es algo que escribí hace muuuuuchos años(como la mayoría de cosas que tengo escritas...manda huevos que escribía con 12 añitos y ahora que tengo 22, y se supone, más madurez, no escribo una mierda...:S Bueno, es una leyenda que escuché no sé dónde(no logro acordarme...la verdad es que empiezo a creer que me la inventé..........) y la reescribí en verso y a mi manera, a ver qué os parece, aunque he leído algunas cosas del blog....y creo que después de todo tan tétrico y gótico(XD), esto va a resultar demasiado pasteloso:


Una leyenda me contaron
De un joven feliz y presuntuoso
Que alardeaba de su corazón precioso.

Era inmaculado, sin mancha alguna
“mirad, mirad, limpio está.
Mi corazón está sin quebrar”.

En efecto tan puro era
Que no faltaba ningún pedazo
Y él lo mostraba orgulloso a su paso.


Pero un anciano torpe
Que pasaba por allí
Vio aquello y comenzó a reír.

El joven dijo molesto con la burla:
“¿De qué te ríes, viejo infeliz?
¿Debe ser acaso envidia de mí?”

“No, joven, no es por eso mi risa.
¿Acaso no ves que estás equivocado?
Tu corazón es el más feo con el que he topado.

Mira, en cambio el mío,
Roto, viejo y destrozado”
Y diciendo esto, el suyo le ha mostrado.

Era un corazón curtido
Con agujeros y cansado,
Y con heridas que aún no habían curado.

“¿Ves, joven? Este es más puro”
Aseguró firmemente el abuelo
Armando entre la gente mucho revuelo.

“Cada agujero que tiene
Es de un amor no correspondido,
Pero los amores que me han querido

También se ven en mi pecho,
Porque si alguien de veras me amó
Un trozo de su corazón arrancó

Y lo puso en el mío
Cambiándole a su vez yo
Un poco de mi humilde amor.

Por eso no es más puro el corazón
Que más inmaculado está
Porque eso significará

Que nunca a nadie ha querido
Y no hay cosa más bella
Que un amor o amistad sincera”.

El joven agachando la mirada
Derramó dos lágrimas por su rostro
Y cogió de su corazón un trozo

Cediéndoselo al anciano
Que al ver acto tan sincero
Lo aceptó lo colocó en su pecho.

No encajaba en el hueco
Pero no conforme con aquello
Cedió él también un trozo de su corazón al jovenzuelo.

El cogió el trozo
Y lo colocó en el agujero que había
Y aunque no coincidía con la herida

Se sentía mucho mejor;
Tenía un corazón más perfecto,
Pero no estaba satisfecho;

Iría a todas partes
Su alma cediendo
A cambio de amor sincero.

PD. Si es muy moña.....no es fruto más que de mi adolescencia romántica y pastelosa, leyendo a Bécker.....lo siento.....

miércoles, 12 de noviembre de 2008

En la cripta

Dedicado a C. W. Smith, que sugirió la idea central

Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la psicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final.
Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.

Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se había estremecido de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.

No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío Diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente abandono.

Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch.

La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez Capwell bajo su lápida.

La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la caja de Fenner.

Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vió obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó porqué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia desidia.

Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a ciegas.

Cuando se cercioró de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otras cosas de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo —que Birch apenas se molestaba en utilizar— no permitían trepar hasta encima de la puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.

Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor, pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto en caso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud. Y, de esta forma el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaros a rajarse bajo el esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida, como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente junto a otra en el tercer piso.

Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego, Birch ascendió cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.

Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro de que podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una característica suya el que esto no contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando le alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.

Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y se sentó un momento en la caja del fondo a tomar fuerzas para esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.

Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, tratando de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.

El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda respondió a sus débiles arañazos en la puerta.

Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino simplemente musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame", o "Encerrado en la tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados, vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.

Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba seguro —absolutamente seguro— de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último, cómo el vengático granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.

Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices —antiguas y desvaídas como eran— convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes", "tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que trataba de aliviar.

Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por antiguas ordalías en salas de dirección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.

—¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya sabe que era como un demonio vengativo... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de lindes, y cómo pateo al perrillo que quiso morderle el agosto pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí!

—"¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no lo reprocho que le diera un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.

—"Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto, y todo estaba desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!


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martes, 11 de noviembre de 2008

Declaración de intenciones

No siempre se buscan oportunidades de triunfar en la vida, muchas veces se pinta por placer, se escribe por placer y se esculpe por placer. Las almas inquietas reconocen el gozo de crear cosas imprimándolas de su espíritu y su toque sin tener que recibir remuneraciones o prestigio a cambio, sino más que la mera satisfacción orgullosa de crear a tu imagen y semejanza.

Y este es un rincón para esas almas inquietas que quieres sentirse un poco dioses dentro de la creación divina de la literatura. Crear a tus personajes, eliminarlos, cambiarlos, dejarles que actuen o guiarles según apetezca o convenga. Este es un rincón donde dejarse llevar o donde buscar lo que uno quiere.

Pero no se limita solo a los creativos, sino que también tienen acogida aquí las almas candidas o perversas de curiosos y mirones, de cualquiera que quiera leer y apreciar la obra de otros y como criticarla, ya sea buena o mala, pues la crítica siempre será de aquel que recibe y no del que ofrece.

En fin, almas curiosas, almas inquietas, almas quietas y almas perversas, vuestro rincón es este y estáis invitados a pasar y quedaros si lo deseáis.