Delirios de la cordura: Las sombras acechantes

martes, 9 de diciembre de 2008

Las sombras acechantes

Este relato está basado en un guión para un cómic de Sergio A. Sierra.



La luna estaba baja iluminando suficiente el camino. La carretera era angosta y estrecha, enfilada por frondosos y orgullosos abedules a ambos lados. La iluminación de la luna y de los faros del chevrolet de Felipe era lo único que rompían la extrañamente apacible paz y oscuridad. El susurro de los abedules al viento era un sonido excesivamente relajado para el conductor, por lo que prefirió poner algo de música y así evitar la posibilidad de quedarse dormido al volante. Encendió la radio y puso cualquier cadena que hiciese cualquier ruido mientras no fuese un suave pulular de ramas. Los grillos y lechuzas interponían sus gritos por encima de las melodías de la radio, pero eso agradaba a Felipe, era mejor para estar despierto y no eran molestos los sonidos naturales del bosque para su paseo. Había partido en coche de regreso a su casa por un camino nuevo, estaba bastante estresado por el trabajo oficinal del día de hoy y quería aprovechar el regreso a casa para protagonizar una pequeña escapada de quizá una hora de viaje a través del bosque. Le parecía perfecto y la tensión de un mal día se disipaba en el cómodo sofá mientras era arrullado por los sonidos de la naturaleza y acompañado por las melodías radiofónicas.

El pulular de los abedules parecía ser más consistente y cada vez le parecía oírlo más. El sonido llego a ser tan intenso que comenzó a dejarse de escuchar la radio, así que decidió darle más volumen al sintonizador. Se agachó por un momento para alcanzar la ruedecilla del volumen. Cuando se incorporó, casi de improviso una mujer se abalanzaba sobre la carretera delante de la trayectoria de su vehículo. En un rápido volantazo pudo sacar el coche de su dirección y pisando el freno hasta el fondo consiguió detenerlo a un lado de la carretera antes de llegar a la frondosa arboleda. Rápidamente saltó del vehículo y fue a socorrer a la muchacha que estaba en el suelo. Sabía que no la había golpeado, pero quizá del mismo susto podía haber desfallecido.



- ¡Chica! ¡Chica! ¿Estás bien? ¿Estás herida? – Preguntó mientras se acercaba corriendo a la joven tendida en la carretera, quien comenzaba a incorporarse. Llevaba un vestido corto que dejaba entrever su excelente físico, era una chica joven y guapa, cosa de la que Felipe se percató enseguida -.
- ¡Corre! ¡Vamos! – Gritó la chica mientras se levantaba y tanteaba sus piernas en busca de heridas – Ya están aquí -.
- ¿Pero qué dices? ¿Te has hecho daño en la cabeza? ¿Quiénes te persiguen? – Preguntó un asustado Felipe -.
- Ellos – insistió la muchacha señalando el coche con su dedo índice.

Cuando Felipe giró la cabeza hacia su coche, el pulsó comenzó a temblarle. Alguien, más bien algo, estaba agitándose dentro de su coche mientras otras cosas similares acechaban alrededor y por encima de este. Una masa informe de seres parecidos a seres humanos grisáceos y traslucidos trepaban y se aferraban a los salientes del vehículo para salvar el obstáculo que se imponía entre ellos y los dos indefensos jóvenes.

- ¿Pero qué… - Balbuceó Felipe buscando la respuesta en la joven, que se dio la vuelta y comenzó a correr de nuevo hacia el bosque -.
- ¡Solo corre! – Dijo la chica mientras se alejaba -.

Comenzó una carrera vertiginosa detrás de la chavala procurando no tropezar con ningún árbol. Algunas ramas bajas le arañaban la cara y las manos e incluso le hacían pequeños cortes y hematomas. El aire parecía faltarle y solo había empezado a correr. Se prometió a si mismo que si salía de esta, se apuntaba a un gimnasio. Seguía a la chica lo más cerca que podía mientras casi balbuceaba en sollozos lastimeros acerca de porque le estaba ocurriendo esto. Miraba hacía atrás cada vez que podía, de manera compulsiva y observaba atónito como decenas de sombras grises les perseguían entre los árboles dando a veces saltos prodigiosos. Tenía la sensación de que cada vez estaban más cerca. Las sombras gritabas y se arremolinaba mientras corrían detrás de Felipe y este siquiera pensaba, solo seguía con todas sus fuerzas a aquella extraña chica que estaba bajo la misma amenaza. A unos cien metros a la derecha se alzaba un muro de piedra y la chica le gritó que intentarían saltarlo, así que se desviaron de su camino y corrieron con todas sus fuerzas hacia el muro. No sin dificultades treparon y saltaron hasta el otro lado, donde se ubicaba un cementerio. Las sombras comenzaron a golpear y a trepar de manera horrenda por el muro mientras los jóvenes corrían nuevamente esquivando lápidas hacia una iglesia que residía vetusta y abandonada. La iglesia se erigía en medio de la oscuridad como una sombra más con un portón que bostezaba dándoles la bienvenida. La chica se apresuró hacia la entrada abierta del portón y gritó:

- ¡Sígueme! No pueden entrar en la iglesia – Gritó mientras entraba en el pórtico y comenzaba a cerrar una de las hojas del viejo portón de madera. Le hizo caso y entró corriendo a la iglesia y ayudó a la chica a cerrar el portón mientras veía como las sombras se dispersaban por el suelo santo -.

La chica caminó hacia delante y se sentó en el suelo dejando caer su espalda contra el altar. El chico cansado, se agachó y llevó sus manos a la rodilla comenzando a vomitar, estaba demasiado cansado y aturdido de tanto correr. Cuando se recuperó, se acercó a la chica con un paso dubitativo y se sentó en la primera fila de bancos observándola bien. La joven llevaba un vestido corto de lana rasgado que dejaba entrever partes de su piel. A Felipe le pareció una chica sugerente, aunque no era el momento de pensar en ese tipo de cosas. Ella estaba mirando distraída hacia la parte superior del estropeado retablo con cara de alivio. Entonces, él decidió romper el hielo:

- ¿Cómo sabías que no entrarían en la iglesia? -.
- ¿No eres de esta zona o qué? – Respondió inquisitiva – Era una vieja leyenda de este pueblo, tuve la corazonada de que funcionaría, y parece ser que sí -.
- ¿Qué leyenda? – Felipe estaba realmente intrigado por conocer la leyenda -.
- Es un viejo relato que los abuelos cuentan a los nietos para asustarles y que no se adentren solos en el bosque. La leyenda dice que hace cientos de años, en un tiempo de hambre y pobreza, en este mismo pueblo, tres hermanas vinieron a vivir. Al poco de mudarse, mucho ganado fue muriendo de manera extraña y la gente oía cánticos y lamentos en la oscuridad de la noche. Así que un día, alguien acusó a las tres hermanas de brujas y la ignorancia y la rabia hicieron el resto. El párroco de esta iglesia intentó apaciguar los ánimos del pueblo defendiendo a las hermanas pues no tenían pruebas para condenarlas, pero hicieron oídos sordos y las quemaron vivas. Pero en el momento en que las tres hermanas había sido muertas, de entre la multitud, una mujer surgió diciéndoles a todos que se equivocaban. La multitud quedó sorprendida ante los comentarios de la mujer y esta comenzó a contar la historia: "Yo soy la bruja que buscabais, yo soy quien ha sacrificado a vuestro ganado, yo que vivo en una cueva en el bosque alejada de vosotros, yo que pasé tanta hambre que tuve que sacrificar a mi hijo fruto de una violación y comérmelo, yo que me siento tan culpable y condenada por lo que hice y que ahora puedo reírme de vosotros que estáis tan condenados como yo". La muchedumbre, enfurecida y arrepentida no sabía bien que hacer y arremetieron contra la bruja para sacrificarla también, pero antes, el párroco dio un sermón a todos que recuerdo con claridad: "Maldita seas bruja por el atropello que hiciste contra la vida de tu hijo y la pasividad con que has asistido al asesinato de tres inocentes. Condenada te veas a vagar eternamente en estos paramos para arrepentirte de tus pecados. Y vosotros, villanos y maltrechos habitantes de este pueblo, malditos seas por vuestro inmisericorde ajusticiamiento. Condenados os veáis a vagar en este pueblo asegurándoos que ella cumpla su condena". Acto seguido, quemaron a la bruja y el párroco entró en la iglesia y cerró las puertas ante el macabro espectáculo cuando de pronto, un viento huracanado pareció bajar del mismísimo cielo y esparció las llamas y cenizas de la hoguera prendiendo los ropajes de los aldeanos y haciéndoles compartir la suerte de la bruja. Desde entonces este pueblo está maldito y esas sombras vagan las noches por aquí para cumplir su cometido… -.
- Que es cuidar de que la bruja no se escape, ¿verdad? – Añadió Felipe -.
- Exacto. Es tal la voluntad de ese asqueroso párroco que incluso dos cientos años después me veo incapaz de alejarme poco más de la carretera a buscar presas. Esas sombras me impiden salir más allá y su misión también es evitar que tengan contacto con humanos. Pero lo siento, el hambre es un agujero difícil de llenar.

3 lectores que han opinado.:

AmaRiE dijo...

Me ha recordado estrepitosamente a mi misma... jajaja...por las persecuciones por seres desconocidos para el ser humano... y porque no siempre somos lo que aparentamos ser. Las apariencias engañan.

Me gusta mucho... sobre todo imaginarme que se lo va a comer!!! jajajaja

Tin dijo...

Mu chulo tio el final mola mucho y al parte de las sombras es muy mistriosa, como te gusta a ti q no se vean los bichos jjjajajajaaj

Maky dijo...

Me encanta, ya decía yo que qué hacía esa tia por ahí sola, será hija de ...

No se yo pero parece que a ti y a mi esto de los examenes nos tiene inspirados.