Delirios de la cordura: Ixactzin

viernes, 20 de febrero de 2009

Ixactzin

Con los exámenes y toda la pesca, se que tengo esto un poco abandonado, pero no os preocupéis, que sigo vigilandoos... ^^'
Esto es un fragmento experimental de una especie de proyecto común que queremos llevar a cabo Maky y yo. Quizá no vaya mucho con el tono general del blog, pero bueno, es un relato y lo cuelgo a ver que os parece. Saludos.

Ixactzin corría por la densa selva como buenamente podía. Siempre había sido bastante ágil y huidizo, pero su estado no era el mejor para enfrentarse a lo que se estaba enfrentando. Si tan siquiera buscaba problemas, un simple juego le ha metido en el embrollo del que intentaba salir. Una saeta furtiva había atravesado su ala izquierda y ahora no podía levantar el vuelo, solo podía correr, correr en dirección a las montañas, a su hogar. La sangre, que surgía a borbotones rítmicos a su paso, y el sudor, que desprendía por cada poro de su cuerpo, le cubrían el cuerpo y pegaba las plumas a su tersa piel. El pulso le golpeaba las sienes constantemente marcando el ritmo de su corazón, sobrecogido y acelerado.

Sabía que le perseguían, pero no había tenido tiempo de pararse a ver quienes, cuantos y desde donde. Solo escuchaba el maldito sibilar de esos asquerosos Coatl entre la maleza, algún zumbido ocasional de alguna saeta y el crujido metálico de armas y armaduras. Sus pisadas eran sonoras y profundas en aquel revuelto de ramas, raíces, hojas y barro que era el suelo de aquella selva. No sabía cuántos le perseguían, pero si sabía que harían con él si lo atrapaban en territorio enemigo. Los Coatl han sido enemigos y amigos desde antes de que el naciera, desde antes de que su familia naciera. Desde que era joven, le inculcaron las creencias y tradiciones de su gente. Ambos pueblos vivían desde la Creación juntos, los Coatl les protegían de cualquier enemigo que pudiera atacarles desde el suelo y ellos les protegían desde las nubes, en paz y armonía pero en guerra y odio a la vez. Se protegían por conveniencia, pero todos sabían que el odio por el otro pueblo era mutuo. “Nunca te acerques al territorio Coatl, igual que los Coatl no se acercan a nuestras montañas” le repetían constantemente sus tutores. Aunque hubiesen firmado un pacto desde el que se protegían de manera mutua, le decían que romper la restricción territorial implicaría la muerte… pero siempre sintió curiosidad por aquellos a quienes con desprecio llamaban ‘hermanos’.

Recordó como se metió en aquel embrollo: Una tarde decidió escaparse de sus obligaciones diarias y sobrevolar la enorme selva que yacía a los pies de las montañas donde vivía con la esperanza de ver por fin a alguna de aquellas criaturas de las enseñanzas. Su familia era de alta alcurnia, lo que les había permitido hacerse con una cueva y decorarla y amueblarla cómodamente, además, su padre y su hermano mayor construyeron una plataforma de madera, un bien preciado en aquellas alturas, que hacía las veces de recibidor de su hogar. Salió de la cueva con lo puesto: unas botas de cuero, un peto de cuero tachonado y un pantalón de tela raída. Sobrevoló con ansia la montaña ladera abajo. Desde lejos veía una zona desarbolada y despoblada por ambos pueblos, llegado a esa altura, remontaría más alto su vuelo y recorrería algunos cientos de metros en profundidad por aquella selva por si la caprichosa fortuna le permitía ver a aquellas criaturas. Pero nada salió como había planeado.

Cuando hubo llegado a la zona despoblada y se preparaba para remontar el vuelo, una flecha atravesó su ala izquierda y le hizo perder algo de altura, a la velocidad a la que iba, no podía parar, ni siquiera virar bruscamente, y aún menos con un ala herida. Decidió ir girando como podría para poner rumbo a su casa de nuevo. ¿Qué le explicaría a su padre? No se imaginaba que hubiese guardias o vigías en las fronteras de ambos pueblos, ¿cómo le diría que se fugó de sus obligaciones para cotillear y que había vuelto herido? Esas eran sus principales preocupaciones cuando sobrevolando la selva de vuelta a su hogar escuchó de nuevo aquel recién conocido sonido: el zumbido de una flecha. No le habían alcanzado, pero si que había visto pasar la flecha muy cerca suya. La cosa se complicaba. Cuando miró hacia abajo, le pareció ver una sombra pequeña escabullirse entre las copas, movimientos furtivos del follaje aquí y allá. ¿Serían esos los famosos enemigos y vecinos? De pronto oyó el silbido de varias flechas mas, tres o cuatro creyó contar, que se dirigían hacia él con certeza. Como pudo esquivó algunas, pero la última se le acabó clavando en el hombro izquierdo, desestabilizándole de una manera exagerada en pleno vuelo. Comenzó su descenso, precario y cercano a las copas. Temía lo peor. Temía. Procuró no estrellarse y en cuanto pudo, frenó agarrándose con sus desnudas manos a una rama y dejándose caer al suelo. El hombro le dolía de una manera sobrenatural, parecía como si algo ponzoñoso y urticante se le hubiera introducido en el hombro y no podía rascarse. Inmediatamente comenzó a correr en dirección a la montaña, apenas le separarían unas pocas decenas de metros, cuarenta o cincuenta quizás.

¡Por fin vio a sus vecinos! Delante aparecieron tres de ellos interponiéndose entre él y su destino. Era curiosa la sensación que tuvo cuando al fin los observó, no eran para nada lo que él esperaba, ni siquiera eran parecidos entre ellos siendo supuestamente el mismo pueblo. Todos le miraban erguidos empuñando sus armas y escudos. Tenían la piel escamosa y brillante, no tenían nariz ni orejas ni labios ni cejas, en lugar de manos o pies tenían algo parecido a unas garras y su silueta era escabrosa y serpentina. Uno de ellos, el del centro, era corpulento y gigantesco, parecía una pesada mole de escamas de al menos tres metros de alto, su piel era de un verde oscuro casi marrón, casi del mismo color que presentaban los mohosos troncos. Otro de ellos, a la izquierda, era muy pequeño, apenas mediría medio metro de altura y sus ojos eran especialmente sobresalientes y desquiciantes, sus escamas eran de colores diferentes por zonas. A la derecha quedaba otro de un tamaño aproximado al de Ixactzin, quizá algo más gordo, con una faz repugnante incluso en comparación de sus también repugnantes compañeros, portaba algo parecido a una red enganchada a una lanza puntiaguda y a su escudo de madera con emblemas extraños. No le quedó más remedio que correr en dirección contraria para rodear ese punto y poder retomar el rumbo a la montaña. Afortunadamente tenía buen sentido de la orientación. Y así es como recordó en unos segundos como había llegado a este embrollo de estar corriendo casi perdido en una profunda, calurosa y húmeda selva.

Notaba las gotas de sudor cayendo apresuradas por su rostro, desbordando sus cejas, y cayendo sobre las partes descubiertas de su pecho. Cuan vulnerable era en ese instante. Saltando entre las raíces, esquivando ramas y procurando pisar en terreno firme continuaba corriendo mientras oía cerca el sonido esquivo de las flechas volando. Nunca imaginaría que su curiosidad iba a costarle un susto tan enorme cuando de repente, de entre un montón de follaje saltó una de esas asquerosas bestias escamosas. Un engendro escamoso de casi un metro de alto estaba saltando hacia él extendiendo una red para atraparle. Optó por parar en seco y girar por un sendero que se abría a su derecha, era una vía de escape obvia y había estado atento y rápido. Frenó bruscamente y giró llegando a estar a punto de caer en su giro. Comenzó de nuevo a correr observando con el rabillo del ojo como la bestia que había surgido de entre las hojas caía al suelo y rodaba con la red, una leve sonrisa le cruzó por los labios hasta que volvió a mirar al frente. Del mismo matorral de donde hubiese saltado aquel energúmeno, había emergido otro, aún más pequeño, en no sabe que momento de su giro y se había colocado justo donde el había parado y girado. ¡Era una trampa! Con una daga que llevaba en la mano el astuto ser le hirió en las piernas, atravesándole el tendón de Aquiles de una de ellas. Cayó de bruces al suelo fangoso mientras sollozaba por la impotencia que suponía haber caído en ese absurda trampa y el dolor que le provocaban sus dos nuevas heridas. Al menos séis Coatl más llegaron al lugar y comenzaron a atarle de pies y manos, uno de ellos se dedicó a arrancarle plumas con las manos. Sentía un tremendo dolor por todo el cuerpo, apenas podía soportarlo cuando notó un golpe en la cabeza y perdió la noción de todo lo que sucedía. Todo se volvió oscuridad y sus ojos se cerraron.

Horas después, su padre y su madre andaban preocupados preguntando a todos cuantos veían acerca de su hijo. No sabían dónde estaba su pequeño y las dudas les corroían e impacientaban. Acto seguido, apareció un militar de bajo rango, un chico joven, dispuesto y engalanado con el traje militar de celebraciones y reuniones. Se posó sobre la plataforma que daba entrada a la cueva familiar y se dirigió algo consternado hacia el padre. La madre, se temía lo peor y se echó las manos a la cara mientras observaba como su marido, luchaba por mantener la compostura a lo que el soldado le decía en voz baja al oído. Sabía que noticia le estaban dando, o al menos, ya se la estaba imaginando, y un sollozo ahogó su cuello y se vertieron lágrimas de sus tristes ojos. El padre mutó su expresión primero en asombro, luego en incredulidad y de pronto, su cara de enojo le hizo arrebatarse del leve apretón que le daba el soldado a modo de aprecio y salir volando montaña abajo mientras que gritaba que necesitaba verlo. El soldado comenzó a volar persiguiéndole y gritándole que no lo hiciera. La persecución tardó lo suficiente para llegar a la falda de la montaña, aunque el soldado estaba entrenado para volar rápido, el padre del chico contaba con la sobrenatural fuerza de la rabia y la impotencia. Una vez llegó a la falda de la montaña, el padre dejó de aletear y sollozando se estrelló prácticamente contra el suelo. Había divisado a poco más de veinte metros una pica de madera con la sangrante cabeza de su hijo clavada. Se puso de rodillas y observó desde esa distancia la cabeza. Lloró desconsolado, sollozó, gritó y maldijo todo cuanto pudo, pero sus desesperadas aclamaciones solo obtenían una respuesta: una sibilante risilla serpentina que parecía venir desde el bosque.

4 lectores que han opinado.:

Anónimo dijo...

pst, flojo

Maky dijo...

Bueno, parece que esto va tomando color. A ver si somos capaces de sacar este pequeño proyecto hacia delante.

Y por cierto es menos sangriento y cruel de lo que me imaginaba. XD

Pika dijo...

La intención es que fuera un experimento para ahondar en eso en lo que trabajamos, no una gore recopilación de cadáveres... xD

Maky dijo...

jeje...

Si, para empezar es perfecto. XD