Delirios de la cordura: mayo 2009

sábado, 30 de mayo de 2009

Aunque no me oigas

Esto lo tengo escrito desde hace mucho tiempo, creo recordar que lo puse en mi blog, pero prefiero ponerlo akí y contribuir al blog, que hace demasiado que no pongo nada... XDDD Además me gustaría tb poder contrubuir al libro con algo, me haría ilusión ver las letras que salieron un día de mi cabeza escritas junto a las de mis amigos... pero vamos, eso queda a criterio vuestro... Espero que os guste^^

(Ella)
Esta noche, mientras intentaba dormir, juro que sentí tu cálida mano deslizarse suavemente por mi espalda: un escalofrío recorrió mi cuerpo a la vez que el corazón me daba un vuelco y yo me daba la vuelta en la cama para verte, pero no vi nada … sólo la oscuridad de nuestra habitación me rodeaba, mientras las cortinas agitadas por el viento se burlaban de mí susurrando cosas ininteligibles. Recuerdo que esa noche mi única amiga fue la almohada, que secó todas mis lágrimas y tu camisa a la que me abracé como lo hacía contigo … lloré, no podía abrazarte, rozar tu cuerpo, ni lo podría hacer nunca más … A veces al girar en el pasillo me daba la sensación de que te iba a ver allí, con tu guitarra eléctrica, sentado en el borde de la cama deshecha, con el pelo alborotado en la cara y tu púa en la boca intentando afinar esa cuerda ”rebelde” que habías comprado nueva hacía sólo tres días … Al pensar eso mi alma bailaba de felicidad durante unos segundos, pero al ver la cama hecha y vacía, la guitarra muda, la púa en el suelo, la cuerda desafinada … el peso de la realidad caía sobre mí sin perdonarme ni un momento ni dejarme dudar: ya no estabas allí metiéndote conmigo ni riñéndome porque te cogía tus camisas, a pesar de lo grandes que eran … eran … no me acostumbro a decir que tú “eras”… para mí “eres” y siempre lo serás … eres mi amigo, mi novio, mi amante, mi esposo …
No consigo entender por qué Dios ha querido llevarte, en vez de dejarte entre los vivos … ¿¿Por qué?? ¡¡Dios!! ¿¿Por qué?? Quiero poder hablarte … decirte tantas cosas … aunque lo único que quiero que sepas es que te quiero, mi vida. Te echo de menos.




(Él)
Esta noche vi que no podías dormir … no hacías más que llorar aferrándote a mi camisa favorita … tus lágrimas caían por esa bella carita tuya que tantas veces acaricié y quise volver a sentirte … a sentir tu piel … Sí, era yo, esa caricia que notaste fue mía, pero ahora mis manos no sienten. Ni mis manos, ni mi cuerpo … ninguna sensación de frío o calor, hambre o sed … sólo me duele una parte de mí: mi alma que se me desgarra cada vez que te veo llorar.
Pero no llores, mi vida, mi niña … estoy a tu lado, aunque no me veas … aunque no me oigas … no, supongo que eso no es suficiente …
¡¡Joder!! Quiero chillar tu nombre y que me oigas, pero por mucho que lo haga, por mucho que te grite no lo oirás … pero yo sí te oigo … te oigo llorar, gritar mi nombre y maldecir a Dios por haberme llevado …
Niña mía … quisiera decirte que estoy bien … poder decirte que algún día nos volveremos a ver y que podré acariciarte de nuevo y besar tus rojos labios … pero ya no puedo … Mientras, sólo te queda vivir, aprovechar algo que yo ya no tengo.
Ahora estás frente a mi guitarra y tus ojos vuelven a llenarse de lágrimas … ¡¡Mi amor, no!! ¡No llores! ¡Joder, no quiero verte así … ! ¡¡DIOS, ÓYEME!! ¿Por qué no me puede oír? ¿¿Por qué?? Pero ¿no la ves? ¡¡Está llorando por mí, y permites que sufra de esa forma!!
Ya sé que me quieres, no hace falta que digas nada, ojala pudiera contestarte al oído, como siempre, para decirte que yo también … yo también te quiero, mi vida … te quiero …

jueves, 21 de mayo de 2009

Jornada Hospitalaria.

Bueno como siempre os digo, clickear antes en "Leer más" para que salgan los parrafos omitidos.


-Espera, aún es pronto. No te muevas Rick.

Francis reducía el ritmo de su ambulancia mientras hablaba. Ahora el vehículo se adentraba en el interior del Hospital y el agudo retumbar de la sirena bañaba el tunel de Urgencias.
En el asiento del copiloto, otro enfermero, John, yacía muerto al lado de Francis. Llevaba el cinturón de seguridad puesto y la cabeza echada hacia atras para guardar las apariencias.

-Tienes suerte de que haya poco personal aqui abajo Rick. Iremos a los ascensores y ellos nos llevaran hasta el sótano B2. Espero que no coincidamos con algun Médico entrometido.

El personal sanitario facilitó el paso al sonoro vehículo y una vez que éste se detuvo, un par de auxilares se ofrecieron para ayudar a Francis en la descarga del cadáver. Si aquella pareja ignorante se acercaba lo suficiente, podrían atisbar por la ventanilla delantera de la ambulancia el cuerpo sin vida de John. Y eso era algo que ni Francis ni Rick podrían permitirse.

-¡No es necesario que me ayudeis, gracias pero yo mismo puedo transportar el cuerpo hasta la sala de autopsias! - Les gritó amablemente Francis. El cuerpo de John comenzó a emanar olor a descomposición orgánica pero los auxiliares no se percataron de ello.

-¿Qué ha ocurrido?- preguntó uno de los jóvenes.

-Un accidente de tráfico. Pero tranquilos. John y yo nos ocuparemos del resto. Traemos tan solo una víctima.

Dicho esto y una vez se hubiera alejado la pareja de inocentes trabajadores, Francis descargó la camilla en la cual descansaba el cadaver embutido en una asfixiante bolsa negra.

Descendieron al sótano sin problemas gracias a la tarjeta de identificación de Francis y llegaron a la sala de autopsias.
La camilla con el cuerpo amortajado fue dispuesta junto con los demas cuerpos de la estancia mortuoria.

- Ahí te quedas amigo mío - Dijo Francis dirigiendose a la bolsa.- Yo tengo que llevar mi Ambulancia a dios sabe donde y deshacerme de John antes de que lo descubran. Al menos podrías haberlo matado de una forma mas limpia... ¡Joder lo has dejado como si fuera un leproso ensangrentado!

Francis se marchó y dejó a su compañero solo...
Rick Morrison estaba dentro del Hospital.

Los recuerdos acudían a él como una tromba de agua helada.

En ellos, Elisabeth le sonreía.
Aunque hace tiempo que en su corazón se había apagado la vitalidad, ella siempre buscaba la razón para sonreir. A pesar de estar tan enferma...

¡Cuanto la había amado!
¡Cuanto había sufrido Rick en los ultimos dos años!
Un Cáncer de colon... ¡Un puto Cáncer de colon!
Fueron miles de noches empapando almohadas con pesadillas nocturnas de añoranzas inconsolables.

Al desprenderse de la mortaja negra que le envolvía, Rick llevaba puesto el colgante que ella le regaló hace ya una década. Ahora mira su foto con una sonrisa vacía. Una sonrísa desprovista de aquella alegría que solo Elisabeth era capaz de insuflar.

Permaneció tumbado en la camilla con su cuerpo desnudo mostrando una falsa palidez y sus ojos envueltos en profundos surcos morados. Todo ello conseguido gracias al maquillaje que Francis robó a su mujer.

Por fín entró uno de ellos.
El Doctor Elois Alomar se dispuso a comenzar otra larga y aburrida jornada de trabajo rodeado de cuerpos inertes dispuestos para un último exámen médico.
Lo que el Doctor Elois Alomar desconocía era la venganza y la íra que consumía lentamente a uno de los cuerpos allí presentes...

Rick Morrison se levantó con una velocidad endiablada y empujó al Doctor contra la pared. Su mano derecha sujetaba ahora el escalpelo que Elois usaba diariamente para seccionar los cuerpos.
-Cuanto tiempo Doctor- susurró Rick con voz socarrona.

El rostro de Elois era el puro terror producido al ver un cadáver viviente alzarse ante él. Su boca, que parecía querer morderle, mostraba unos labios morados y agrietados. Su rostro, apenas a dos centímetros del suyo, era pálido como el nacar y de no ser por el vivaz marrón de sus ojos, habría sucumbido al razonamiento de encontrarse frente a un muerto herrante.
-¿Rick? ...El... Famoso... Rick Morrison...¿Cómo has conseguido entrar?-
-¿Se ha preguntado alguna vez lo que deben sentir esos cuerpos ahí tumbados cuando son rajados por esto? - Continuaba hablándole Rick mientras le mostraba el escalpelo a escasos palmos de su cuello. - ¡Cree usted en la vida despues de la muerte Doctor, o tal vez cree en las almas de los fallecidos que padecen la putrefacción de sus propios cuerpos cuando son abandonados en vida?- El escalpelo comenzó a rasgar el cuello con un sonido sordo.
-Rick...argggñfmm...Rick Morrison... arfñfmmm...detente...arrfggggg.... por favor...aarggg...- La voz de Elois Alomar sonaba como la de alguien haciendo gárgaras con ácido sulfúrico. -
-Guardias....argññgggg...Seguridad.... Rick está.... arggññggg.... Rick está aquí....arggñggg...Ha entrado...arggññ- Sus ojos vizqueaban al ritmo con el que Rick iba cortando todas las venas y arterías que osaban interrumpir el paso del escalpelo.
-Vamos Doctor...Grite, grite a ver si pueden oírle- El rostro de Rick seguía empapándose de aquella lluvía camesí y mientras hablaba, su boca salpicaba la propia sangre del doctor.

Un sonoro crujido marcó el fin de Elois Alomar y su cuerpo se desplomó mientras que su cabeza rodó hacía el extremo mas opuesto de la sala, barnizando el suelo con un color mas chillón que el blanco habitual de los hospitales.
Cogió uno de los pijamas que suelen ofrecerse a los pacientes y salió de la sala.
Una pobre enfermera dejó caer una bandeja de instrumentos quirúrjicos al ver salir por la puerta a un hombre calvo y tan blanco como la nieve. Ademas estaba lleno de un sospechoso color rojo. La mujer echó a correr y a Rick pareció no importarle. Ya que para cuando se dispusiera a informar a seguridad, él ya se habría marchado del edificio.
Las personas que compartieron con él su pequeño viaje en ascensor hacia la quinta planta, fueron algo mas discretas. Lanzando miradas de reojo y algun que otro murmullo incómodo. Rick dedujo que alguno de ellos no tardaría en informar de su presencia nada mas bajar del ascensor.

Bajo el pijama, Rick sujetaba el colgante de su amada Elisabeth.
En la quinta planta y con paso ligero se encaminó hacía la sala de nutrición. Que se hallaba apenas a tres pasos de la puerta recien abierta del ascensor.
Varias personas percibieron su extraña presencia y vieron como entraba en la sala.
Un empleado de seguridad se dirigió a él al ver su evidente palidez y sus manchas de sangre.
Cuando Rick entró en la estancia, tan solo un persona se hallaba en ella ( el haber trabajado quince años limpiando aquel hospital le permitía conocer al dedillo todos y cada uno de los turnos desempeñados por sus empleados) y dio un ligero respingo al verle allí plantado.
- ¿Qué comida tienes preparada para hoy Foleman?- Le sonreía Rick mientras alzaba sus manos para cubrir la nariz y la boca del cocinero.

Le encantaba Foleman. Sobre todo por esa lustrosa cabellera negra. Siempre la había envidiado. Nunca hubiese adivinado que en un futuro le iva a ser de tanta utilidad.

Pasaron tres minutos y Foleman ya no se movía. El aire no salía de sus pulmones.
El guarda entró por la puerta y contempló el rostro impasible de Rick tirando del pelo de Foleman.
-¿Qué caraj...?- Su papel en la función fue breve. Puesto que el escalpelo lanzado desde el otro extremo de la sala de nutrición se clavó en su traquea con la precisión de una lanza africana.

El tiempo jugaba en su contra. Se estaba cerrando un cerco a su alrededor y necesitaba llegar a la consulta del Doctor Burton sin que le reconocieran.

Con el cuchillo que Foleman usaba para la carne, Rick serró en varias acometidas todo el cuero cabelludo del cocinero.
Esta vez no hubo molestas salpicadura de sangre. Pero si fué mas costoso que rajar arterias y piel sudada de un cuello tan rollizo como el de Elois Alomar. Tras varios sonidos similares al de la leña crepitando sobre el fuego, Rick extrajo la melena de Foleman y la puso sobre su cabeza afeitada. Varios hilos de sangre caían sobre su calva. Del mismo modo se quitó el pijama para enfundarse con la ropa del cocinero. Cogió el cuchillo de carnicero y lo guardó en la caja que utilizaba Foleman para repartir la comida tanto a pacientes como al personal sanitario.

Le pareció ver a Elisabeth en su mente. Empujando el carrito con las cajas de comida, pasó inadvertido ante las personas que aguardaban ensimismadas su turno frente a la consulta.

Rick bajo la apariencia de Foleman, tubo que reprimir una sonora carcajada al notar la eficacia de su disfraz. Entró en la consulta del Doctor Burton. Fué el sonoro estruendo de la puerta al cerrarse lo que sacó al Doctor de su alienación con el ordenador.
- Hola Doctor Henry Burton - Saludó Rick quitándose la molesta peluca y mostrando su rostro pálido y ribeteado de sangre.
- Hay que tener cara para entrar aquí despues del juicio- Dijo Henry con fingida tranquilidad.
- Me mueve una fuerza mayor Doctor - Mientras hablaba, Rick sacó el cuchillo de la bandeja.
- ¿Recuerdas lo que implica una orden de alejamiento de este hospital verdad? - Burton comenzó a sudar - Me agrediste a mí y varias de mis enfermeras. Da gracias por perder solo tu empleo de limpia letrinas y no acaba entre rejas.
- En aquel tribunal tan solo predominaba la burocracia barata de un Juez corrupto en lugar de la justicia - Rick se acercó lentamente al tembloroso médico.
- Una orden de alejamiento es una orden de aleja...- Rick presionó el rostro del doctor contra la mesa sin dejale acabar la frase.
- ¡Putos engendros enfundados con vuestras batas blancas, os da igual que mueran las personas a quienes tratais siempre que cobreis vuestro salario fijo al final de cada mes! - Los ojos de Rick Morrison relampagueaban de furia mientras alzaba el cuchillo - ¡Fué usted, maldito hijo de puta! ¡Usted pasó por alto la enfermedad que me arrebató a Elisabeth!
- ¡Eso no es cierto! Las resonancias no pudieron detectar...
- ¡Cállese! - Rick acercó sus labios a los oídos del Doctor. - Metase las resonancias por donde le quepa... Ese puto Elois Alomar ya no va a "resonar" a nadie mas en su apestosa vida.
- ¿Qué quieres decir, por el amor de dios? - Las respiraciones de Burton pasaron a ser rapidos jadeos- ¡No, no por el amor de Dios!
- Aquí no hay amor ni tampoco hay Dios.

Cuando Rick Morrison amordazó la boca de Henry Burton con el cuero cabelludo de Foleman, lo que el doctor experimentó fue el acero del cuchillo atravesando su columna vertebral en un estallido de dolor inconcebible. Aquella arma blanca comenzó a girar sobre su eje provocando el desplazamiento de las visceras tras los pulmones. Para el Doctor, lo mas preciado en aquel momento era hacer que el aire saliera de su boca. Tras varios minutos de insufrible dolor y gritos ahogados, varios centenares de pelos pertenecientes a un cocinero muerto pugnaban por agarrarse a las paredes de su garganta. Provocandole agónicas arcadas. Henry lloraba de agonía al tiempo que su craneo sufrió el ensartamiento del cuchillo. Lentamente, con pausa, solo así sería consciente del dolor verdadero.

Cinco celadores, tres enfermeras y dos pacientes entraron apresuradamente en la consulta. Lo que vieron allí fue el cadáver del médico empalado en su propio escritorio junto al ordenador como una aceituna ensartada en un palillo de dientes. Tambien encontraron tirado en el suelo a un pobre cocinero de larga melena estrangulado con un alambre. La policía no tardó en llegar y dar informe al forense. Asi como varias cadenas televisivas se hicieron eco de lo sucedido varias horas despues y se agolparon en la entrada del Hospital. Fueron varias horas de tensión en las cuales cundió el panico general.

Para entonces los dos cuerpos ya había sido transportados al sótano B2 para su posterior autopsia. Fueron llevados por un desafortunado celador que vió como uno de los dos fallecidos se levantaba de la camilla y se dirigía a él con el alambre aun en su cuello.
- Perdoname chico, solo eres culpable de ver lo que no debes - le dijo Rick con tono paternal antes de romperle el cuello con sus manos desnudas.
Aquel joven murió con el rostro de la mas tierna incredulidad. Asegurandóse de que no había nadie y con la cara recien lavada y aseada, se enfundó con el pijama del celador y esperó a que el ascensor estuviese solo para subir a la planta baja. Ahora utilizaba una mascarilla de cirujano para cubrir su ya famoso rostro.

A la salida del Hospital, su mejor amigo Francis le estaba esperando. Subió a la furgoneta y ésta se puso en marcha en dirección a los campos ganaderos en las afueras de Santa Gloria.
- Ya lo has echo ¿verdad? Supongo que ahora tu vida vale un poco mas la pena - se dedicaba a conversar Francis mas para él mismo que para su amigo mientras conducía.
Rick Morrison contemplaba el paisaje desde el asiento derecho que antes había ocupado john y una placentera somnolencia comenzó a derrotarle mientras acariciaba su colgante.
- Elisabeth, amor mío. Donde quiera que estes, te mando a los culpables de tu muerte. Haz lo que quieras con ellos.