Delirios de la cordura: En el reino de nadie

miércoles, 15 de julio de 2009

En el reino de nadie

Ya sabéis, dadle a Leer más para ver el relato completo.


Durante la noche, la tierra comenzó a temblar.

Bajo la luna dantesca, ciento veintiún hombres marchaban.

Atrás dejaban un campo de batalla sembrado de cadáveres.

El negro cielo preñado de estrellas presenciaba el largo desfile de aquellos poderosos guerreros bárbaros. Aquellos guerreros regresaban victoriosos por los caminos serpenteantes que les llevarían de vuelta a la ciudad de piedra. Todos ellos ansiaban abrazar a sus mujeres, padres e hijos y proclamar a viva voz que la guerra por fin había acabado.

Pero los pensamientos distaban mucho de hacerse realidad aun. Pues muchos kilómetros habían recorrido y muchos kilómetros les separaban del calor del hogar. En aquel instante la preocupación principal era resistir frente al afilado frío nocturno que calaba hasta el último centímetro de sus huesos. De modo que continuaron la marcha a través del extenso bosque.

Ciento veintiuna botas aplastando hierbas, restos de tronco y guijarros. Como una marea humana avanzaban. Alzando con orgullo las espadas mientras entonaban el himno popular de la ciudad bárbara.
En no pocas ocasiones, emplearon los escudos para cubrir sus barbudos rostros de la molesta lluvia invernal. Aunque pronto el terreno quedó enfangado. Lo que dificultó sobremanera la marcha del ejército.

Ganmer, el rey de la ciudad de piedra, hizo el alto cuando llegaron a un claro bastante apacible que les protegería de las inclemencias del tiempo hasta que amaneciera. Los bárbaros montaron sus refugios para dormir y acto seguido dejaron sus armas y se congregaron en torno a su rey.

El rey Ganmer alcanzaba los dos metros quince y su robusta cara lucía una de las barbas más prominentes de la tribu. Su voz sonó tan rotunda como de costumbre al dirigirse a sus camaradas:
- Cuando el Sol haya nacido, recogeremos todo el campamento y partiremos ¡No podemos seguir con esta lluvia!

- ¡Además con esta oscuridad es prácticamente imposible seguir sin caer por algún precipicio!- le interrumpió Temp. El consejero de Ganmer. Así como también era su mejor amigo. De otro modo, el orgulloso rey no habría permitido tal interrupción.

- No temáis hermanos míos- continuó Ganmer.- Los dioses están de nuestra parte. Ya que hemos liberado esta tierra del dominio oscuro de los Tangutem, es voluntad divina el regresar a casa con éxito.

-¡Nuestro Rey a hablado y sus palabras no son falsas!- Gritó Temp a los allí reunidos. Lo que llevo a entonar el ya conocido grito de guerra bárbaro.

Aquel grito fue lo último que oyeron en la gran ciudad del rey Tangutem. Un tirano que gobernaba la ciudad guerrera que llevaba su nombre.
Durante más de dos décadas, ambas tribus situadas a cada extremo del reino, habían estado combatiendo por las posesiones del ganado salvaje, por el mandato de las rutas comerciales y sobre todo, por la supremacía del clan. Pero las interminables disputas terrenales estaban mermando cada vez más la población de ambos reinos. Y pronto comenzaron a escasear los animales para la caza y los árboles para la fabricación de flechas y arietes. De modo que el rey Ganmer tuvo que optar tras veinte largos años de conflictos, por un ataque abierto y suicida contra la ciudad de Tangutem. Fueron doscientos veinte hombres los que partieron y otros doscientos los que se quedaron a la custodia de la gran ciudad de piedra.

Nadie en toda la ciudad contaba con una victoria ante tal difícil empresa ¡Qué grata sorpresa se llevarían todos cuando más de la mitad de aquellos hombres vencedores apareciesen en el horizonte.

Se hizo el silencio en el claro.
Tan solo las notas suaves de la flauta de Angaroth poblaban el viento.
El joven y ágil Angaroth demostró con creces su valía en el combate. Sobre todo gracias a su destreza con el arco. Pero era su talento innato para la música lo que regocijaba los corazones de los que allí se encontraban. Por lo que antes de cada combate e incluso durante una larga marcha, el consejero Temp y los demás le pedían cariñosamente que tocara alguna melodía para aligerar el cansancio. Al rey Ganmer eso le encantaba.

Todos dormían.

Todos excepto el rey. Pues horribles visiones acudían a él cada vez que cerraba sus parpados. Aquello le sucedía desde hace más dos años. Es decir, desde que partieran para la guerra hasta ahora en su regreso a casa. Al principio se dijo que se debía al ansia del combate y a la incertidumbre frente al futuro de su reino. Pero la guerra acabó y las pesadillas no cesaron.
Acudió al curandero de la tribu pero éste no pudo llegar a una conclusión clara de aquellas delirantes visiones. Y puesto que en el fragor de la batalla aquel curandero murió, ahora no contaba con nadie que pudiese solucionar su problema.
En aquellos delirios, Ganmer se encontraba solo en una estancia aislada de todo sonido exterior. El suelo, así como el techo y sus paredes, eran tan blancos como las cotas de malla que fabricaban en el reino. Ni siquiera podía mover los brazos. Ya que éstos se encontraban completamente inmovilizados a los costados por culpa de una extraña mortaja blanca que vestía su cuerpo. Contra más se esforzaba, mas inútil veía el poder zafarse de aquel extraño ropaje blanco. Y por si fuera poco, la sala se hallaba cerrada a cal y canto por una puerta de cristal que daba a un pasillo. Un pasillo por el que desfilaban extraños personajes enfundados en largas túnicas del mismo blanco enfermizo. De vez en cuando, uno de los hombrecillos de afuera se detenía a observar desde el otro lado del cristal, anotaba algo en lo que a Ganmer se le antojaba como un derivado del pergamino, y se marchaba.

Luego todo se distorsionaba y las visiones cesaban.
Así era una y otra vez.

Llegó a contárselo a su amigo Temp, pero éste se mostraba tan dubitativo como el ya fallecido curandero. A pesar de ser el consejero real.

También le contó lo ocurrido al joven Angaroth. A lo que este le contestó:

-No dejes que las pesadillas te impidan disfrutar de la victoria que has conseguido para la gran ciudad de piedra.- Mientras hablaba, pulía su flauta con una navaja de carpintero.- Cuando llegues al hogar y abraces a tu mujer e hijos, notaras como tu mente se libera de tan desagradable carga.

-Supongo que estas en lo cierto- Dijo para sí mismo Ganmer-. Esta guerra ha sido cruel para todos- Dicho esto el Rey se alejó y se tumbó en un pequeño árbol caído y se dispuso a dormir. Preparado para combatir de nuevo contra aquellos terribles sueños.

Mientras se aletargaba, recordó que en el largo linaje de los reyes bárbaros, siempre habían existido hombres con ciertas artes premonitorias. Así que no descartó tal posibilidad como la causa principal de sus pesadillas y se lamentó profundamente el haber heredado tan repugnante talento de sus ancestros.

Fueron los tintineos nocturnos de unas campanas lo que alertó a todo el campamento.
En pocos segundos, todos y cada uno de los somnolientos guerreros encendieron las antorchas y el claro se lleno de la luz anaranjada y oscilante del fuego.
Aquel débil sonido de campanas llegaba desde el fondo de la espesa arboleda y con el rey Ganmer encabezando la formación, se encaminaron en busca de algún posible peligro.

-Tal vez no debimos desviarnos del camino. El haber atajado no ha hecho más que meternos en zonas desconocidas- Le imprecaba Temp a su rey mientras agitaba la antorcha.

-En su momento todos estuvimos de acuerdo en coger este desvío. Puede que estemos desorientados pero al amanecer seguiremos el rastro de nuestro Sol-. Le contestó Ganmer con cierto tono de enfado.

-¡Santo Dios divino, mirad allí!- Gritó uno de los bárbaros exploradores señalando al fondo del follaje.

Todos y cada uno de ellos se quedaron mudos al contemplar un largo desfile de guerreros montados a caballo. Uno detrás de otro trotaban muy lentamente y el que iba en cabeza hacía sonar dos pequeñas campanas atadas a su muñeca. Todos andaban cabizbajos y al son de las campanillas.
Pero lo que hizo que unos hombres tan poderosos palidecieran de terror fue
El hecho de que aquel grupo era la hueste del Rey Tangutem.

El ejército aniquilado hace ya dos semanas, ahora desfilaba frente a ellos. Pero sus rostros, así como sus cuerpos, dejaban ver el paisaje a través de ellos. Tan solo un inmaculado color blanquecino daba consistencia a las figuras que ante ellos desfilaban. Y donde antes hubo ojos, nariz y boca, ahora solo había oquedades profundas y vacías. Todos ellos seguían vistiendo la armadura de batalla. A pesar de la escasa piel que le quedaban, aun eran bastante reconocibles. Y el orgulloso Ganmer nunca olvida tan fácilmente a quienes quita la vida con su espada.

-¡Detened vuestra marcha guerreros de Tangutem!- Gritó de repente Ganmer.- ¿Qué lugar es este?-Preguntó al ver que el desánimo y el miedo hacía mella en sus tropas.
Pero el impasible Rey Tangutem continuaba agitando su muñeca y haciendo sonar las campanas. El ejercito fantasma se hallaba completamente aislado de todo cuanto les rodeaba y no cesaba en su peregrinaje hacia nadie sabe donde.

- Tal vez es mejor que no le molestemos- susurró Angaroth a sus compañeros- No creo que sea fruto de nuestra imaginación. Es… es este lugar. Es mejor no perturbar el descanso de las almas errantes.

-¡Entonces volvamos a casa lo mas pronto posible!- exclamó Ganmer con bravía. A lo que todos asintieron enérgicamente.

Con la inquietud atenazando los corazones del ejército bárbaro, el ambiente de alegría victoriosa se empobreció. Únicamente las notas musicales de la flauta de Angaroth rompía un poco el silencio ensordecedor. Ahora aquella marcha fantasmal se perdía en la oscuridad al tiempo que el sonido de las campanillas se hacía más débil conforme los Tangutem se alejaban.
Nadie se atrevió a volver la vista atrás para volver a ver aquellos espectros ambulantes.

Con la única luz de las antorchas para alumbrarles el camino, continuaron abriéndose paso a través de aquel laberinto frondoso y asfixiante.
Lo que antes era una sensación de alegría desenfrenada por haber ganado una guerra, ahora tan solo imperaba el deseo de regresar a la ciudad de piedra antes de acabar sucumbiendo a las fuerzas sobrenaturales.

Un fogonazo de luz eléctrica “reventó” literalmente a tres de los guerreros que se encontraban al final de la marcha y las plantas se tiñeron de rojo.
El consejero Temp cayó al suelo bruscamente y varios de los sorprendidos alzaron sus arcos por instinto y descargaron una ráfaga de flechas en dirección a la luz. Pero tan solo Angaroth dio en el blanco.

-¡Alto, parad!- les ordenó el rey Ganmer. Ahora los vacilantes bárbaros rodeaban a la figura que yacía en el suelo. Exactamente en el lugar donde se produjo la explosión. - ¡No perdáis la compostura y manteneos firmes!- Les ordenaba el orgulloso rey.

Un hombre de baja estatura (al menos en comparación con ellos) se levantó bruscamente y sujetaba un artefacto de metal entre sus brazos. Iba vestido con un extraño uniforme de camuflaje verde con manchas negras y un casco circular que cubría su cabeza. Su pierna sangraba debido a la flecha lanzada por Angaroth. Comenzó a hablar en un lenguaje que no entendían:

- ¿Dónde estoy?- El hombre parecía al borde de un ataque de nervios- ¿Sois nazis? Puede que esté muerto y esto sea el cielo ¡Pero está claro que esto no es la playa de Normandía! Fue ese extraño… resplandor de luz que me tragó… y ahora estoy aquí…

Temp se aproximó a su rey y le susurró al oído:
-Habla una lengua extraña. Y además parece al borde del pánico ¿Qué podemos hacer?

- No sirve de nada que le preguntemos quien es y como ha llegado aquí. Ya que parece más desorientado que nosotros- reflexionaba Ganmer.

-¡Ignorémosle pues!- añadió otro de los bárbaros.- ¡Sigamos adelante mi rey!

Pero aquel extraño personaje reaccionó por puro instinto y de su extraño artefacto metálico comenzó a disparar una ráfaga de pequeñas piezas punzantes a una velocidad de vértigo. En pocos segundos, uno, dos, y hasta seis poderosos guerreros fueron acribillados y ahora yacían muertos en el suelo. Los hombres de Ganmer buscaron refugio tras los árboles para evitar aquella lluvia mortal.
Otro Bárbaro cayó muerto con un agujero chorreante emergiendo de su frente en pocos segundos.
La espada de un valeroso y joven guerrero ensartó el pecho de aquel hombre por detrás y puso fin a tan inesperado infierno. Un último gorgoteo nació de la garganta de aquel ser y se desplomó sorprendido al suelo. No sin antes murmurar algo parecido a “Por… los… Estados…unid…” para luego enmudecer.

-¿Qué clase de brujería empleaba este hombre?- se agitaba Temp con nerviosismo y procurando no acercarse al cadáver.
-¡No podemos seguir aquí, de ningún modo!- añadió Angaroth - ¡Así no llegaremos vivos a casa!

Tras enterrar a sus compañeros caídos y dejar el cuerpo de aquel extraño brujo a merced de los cuervos, reanudaron la marcha.
La voluntad del rey Ganmer se hallaba en un punto especialmente frágil. Debido a que ahora, además de soportar las crueles visiones que llegaban a él cada vez que dormía, en los que una mortaja blanca aprisionaba su cuerpo en una extraña habitación, ahora también tenía que soportar aquellos acontecimientos tan absurdos que les impedía llevar a cabo el tan ansiado regreso al hogar.

Con el paso de las horas varias antorchas llegaron a consumirse. Mermando así el campo de visión del ahora reducido ejército bárbaro.
Ganmer y los demás se pararon en seco.
Una inmensa muralla se extendía desde un extremo a otro en medio del bosque. Además de contar con una altura de cien metros como mínimo, no parecía haber forma de franquearla por los lados. Era como contemplar la barrera que marcaba el fin del mundo.

-¿Qué dios impío se burla de nosotros?- Gritó el frustrado Rey a los altos vientos -¿Porqué nos privan de nuestra gloria?
- ¡Si no podemos salvar este obstáculo, lo destruiremos con el poder de nuestras armas! – Gritó uno de los bárbaros más viejos mientras se acercaba al inmenso muro con el hacha en mano.
-¡Espera, golpeemos todos al unísono!- ordenó el rey Ganmer.

Pero ya era tarde y el anciano guerrero descargó un mandoble en pleno centro del muro. Pero para desánimo de los allí presentes, no ocurrió nada. Ni tan siquiera una ligera muesca en los cimientos.

En realidad sí que ocurrió algo.

Uno de los Bárbaros se llevo la mano al pecho entre extrañas convulsiones y acto seguido se desplomó en el suelo. Inerte.
Cuando el consejero Temp y sus camaradas confirmaron que estaba muerto, el miedo reino entre ellos con más fuerza que nunca y el anciano bárbaro que había golpeado el muro, ahora estaba petrificado de puro pavor.

-¡Es éste lugar, sin duda!- Exclamaba Temp- ¡Destruyamos el muro y rápido!- ordenó a sus compañeros y dos de ellos ya golpeaban sin piedad la muralla.

Otros dos desafortunados hombres situados en la última fila cayeron fulminados al suelo. Con las manos agarradas al pecho.

-¡Un esfuerzo más!- Gritaba ahora Angaroth mientras el grupo de demolición aumentaba en nueve hombres.

Pero fueron otros nueve Bárbaros los que murieron entre convulsiones mortales. Prácticamente al unísono.

El rey Ganmer descubrió la causa de aquellas muertes y mandó detenerse al grupo.

-¿Qué ocurre?- Le preguntó un apurado Temp.
-¡Dejad de golpead ese muro!- Ahora el Rey estaba realmente aterrado. - Puede que sea obra del mismo diablo, pero cada vez que intentamos destruirlo…

-¡Bobadas!- Gritó un impertinente bárbaro cuado golpeó de nuevo aquellos cimientos.
Esta vez fue el consejero Temp quien se llevó las manos al pecho.

-¡Noooo tu no, Temp por favor nooo!- Gritaba un horrorizado rey mientras abrazaba a su ya fallecido amigo entre sus fuertes brazos. Ahora Temp abandonaba el mundo reflejando la pura incredulidad y sorpresa en su pétreo rostro.

-¡Estupido bastardo!- le gritaba un descontrolado Ganmer al causante de aquello. En pocos segundos, la cabeza de aquel soldado rodó por la fría hierba y nadie de los allí presentes se atrevió a desafiar la ira de su Rey.

Y pensar que estuvo a punto de ordenar que golpeasen todos la muralla al unísono… eso podría haber provocado la aniquilación instantánea de todos sus hombres. ¿Cómo lograrían escapar de aquella barrera segadora de vidas?

La respuesta llegó gracias a la flauta de Angoroth.

Todos miraban perplejos como los ladrillos se desvanecían con cada nota musical que tocaba el bárbaro. ¿Es posible que la calidez y dulzura de su música derrotara aquel poder oscuro?
Ganmer se rehizo de su pena y ordenó la marcha através de la entrada recién abierta. No sin antes abrazar a su amigo Angaroth por poseer aquel talento tan divino.

Tras tortuosas horas de andar bajo el embrujo de la luna y criaturas acechantes tras el follaje, por fin avistaron la gran ciudad de piedra.

De los ciento veintiún hombres ahora restaban noventa y ocho. Pero el canto de alegría que lanzaron al cielo nocturno fue el equivalente al entonado por mil hombres a caballo.

Por fin lo habían conseguido. Las poderosas garras del infierno se rindieron ante la voluntad de tan valerosos guerreros. Para el Rey Ganmer, el contemplar su reino en la lejanía, fue el momento más feliz de su vida.

Pero aquel momento no duró mucho.

El mismo rayo de luz cegador que atrajo consigo al brujo portador de aquella arma tan extraña, ahora se acercaba a ellos. Todos los bárbaros se quedaron paralizados sin poder creer que morirían estando tan cerca del final.
Con el amor de la familia y el calor de la chimenea hogareña tan cerca de ellos, el rey Ganmer tomó una decisión.

Era su pueblo, su reino, su gente…

Daría la vida por ellos.

-¡Marchaos rápido!- les gritaba Ganmer a sus hombres. Estos se miraron sin saber que decir- ¡He dicho que os marchéis, es una orden!- La bola eléctrica se acercaba más y más mientras hablaba- Decidme ¿Queréis que la muerte de nuestros compañeros haya sido en vano? ¡Entonces regresad rápido a la ciudad ¡Yo buscaré la forma de entretener a esa masa de luz informe y demoníaca!

Los afligidos bárbaros corrieron sin descanso hacía la ciudad de piedra que se alzaba imponente varios kilómetros más adelante. Sin volver la vista atrás.

Una sonrisa se dibujó en los labios del rey Ganmer al saber que sus hombres llegarían a salvo para proclamar por fin la gran victoria conseguida en la ciudad de Tangutem. Empuñó con fuerza la espada y se lanzó directamente hacia aquella cosa echa de luz.
Ganmer pudo retener aquella masa eléctrica gracias a sus mandobles. Lo suficiente para que sus guerreros escaparan.

Luego la figura del Rey se desintegró en medio de aquel torrente luminoso.

Pasaron los años, y una estatua esculpida en plata fue levantada en honor al valeroso Ganmer que dio la vida por todos sus hombres.
Angaroth, así como todos los que regresaron con vida de aquella odisea, se hicieron celebres entre la gente del pueblo por las historias que narraban de aquellos extraños fenómenos. Fue la primera vez que perduró más en el recuerdo de las personas el regreso de una guerra que la propia guerra en sí. Y la gran ciudad de piedra alcanzó su plenitud gracias a la valentía de su élite guerrera y a los numerosos cuentos populares que brotaron de ella.

Pero lo que nadie sabía era que tanto Angaroth como los noventisiete supervivientes restantes, sufrían frecuentes pesadillas de aquellos días en los que cruzaron aquel misterioso reino de nadie.


Mientras tanto, en algún lugar, Ganmer lloraba.

Lloraba por encontrarse encerrado en la misma sala que vió en sus visiones. Visiones ahora hechas realidad.

Tras el destello que lo engulló en el bosque, Ganmer recordaba haber aparecido en un mundo poblado de vehículos metálicos desprovistos de caballos y grandes torreones rectangulares que rascaban el cielo.

Ahora un rey lloraba por los hombres que husmeaban tras esa puerta de cristal y anotaban algo en un derivado del pergamino que ellos llamaban informe.
Aquellos seres de ropa blanca hablaban continuamente de él y Ganmer para su asombro, comprendía su idioma. Decían que varios “policías” habían muerto intentando reducirle cuando apareció desnudo en mitad de la calle provocando serios altercados en el tráfico.

Ganmer lloraba por que finalmente, la mortaja blanca que tanto había temido, ahora cubría su cuerpo. Impidiéndole mover sus brazos. Ambos atados a los costados.
Cada día, le administraban dosis de alguna pócima que le provocaba somnolencia y mermaba sus fuerzas. Aquellas dosis estaban contenidas en unas especies de agujas con la que aquellos seres le aguijoneaban los brazos y bautizaban con el nombre de “Dante”. O tal vez fuera “Sedante”.

En aquel edificio llamado “Sikítrico” o algo parecido a “Piquiatrico”, el gran rey Ganmer lloraba.

3 lectores que han opinado.:

"L" dijo...

He querido variar un poco la temática por una vez. Espero que os guste.

Saludos a todos!!!!

Maky dijo...

Me ha gustado este cambio de registro... y por supuesto también me ha gustado el relato. Besitos...

Wences dijo...

Hola!
Estoy colgando en la web una blognovela: El fin del mundo. Si te apetece, me gustaría que le echases un vistazo y me dijeses qué te parece. Gracias.
http://findestemundo.blogspot.com